En el autobus
 por Aliena del Valle
 

No hace mucho fui a Granada para ver a unos amigos y cogí el autobús, porque, aunque me encanta conducir, en los viajes largos prefiero dormir tranquilamente mientras otro conduce y… ¿cómo?... ¿que qué egoísta soy?... Bueno… pues según cómo se mire. Hay que tener en cuenta un factor muy importante: evitar la contaminación atmosférica…
El caso es que me gusta viajar en autobús y punto. Por raro que parezca.

Sin embargo resultó que aquel día por lo visto muchos tuvieron la misma idea que yo, así que me encontré con un autobús abarrotado de gente.  Tampoco me preocupó gran cosa. Yo tenía mi plaza reservada. Avancé despacio por el pasillo buscando el número de mi asiento, que estaba casi al fondo, y cual no sería mi sorpresa cuando me encontré a un hermoso espécimen humano sentado junto a mi sitio. Era un hombre de unos 30 años, alto, de complexión fuerte, con unos enormes ojos oscuros y que estaba completamente calvo. ¿He dicho alguna vez que me encantan los hombres calvos? Pues lo digo ahora: me encantan. Tienen un no qué que se yo que me atrae muchísimo… y si encima son guapos, ni qué decir. Me felicité en silencio por la suerte que acababa de tener y, satisfecha, me acerqué con determinación hacia mi asiento.

Él estaba mirando por la ventana, absorto en las idas y venidas de la gente por la enorme estación de autobuses, pero cuando vio que me paraba a su lado y me estiraba para colocar mi bolso de mano en la estantería de arriba, me miró con curiosidad y me sonrió. Le devolví la sonrisa y sin decir nada, me senté a su lado. Sin embargo él volvió a concentrarse en el panorama del exterior y me ignoró. Debo admitir que eso me molestó un poco; pensé que quizás fuera tímido o… o que simplemente yo no le interesaba. Perfectamente podía ser gay. Además, ¡yo tenía novio!... ¿qué me importaba a mi aquel chico? ¿Dónde estaba mi entereza y mi sentido de la fidelidad?... a veces pienso que ambas cosas las pierdo con tanta facilidad que lo mío no tiene arreglo.
 

Pronto el autobús se puso en camino hacia nuestro destino. El conductor puso una película y yo cogí un libro bastante interesante de José Antonio Marina, “Diccionario de los sentimientos”, pero como estaba tan cansada, me costó mucho concentrarme en la lectura, así que hice como que leía y me dediqué a observar disimuladamente a mi compañero de viaje, que seguía mirando por la ventana como si el rápido paso de los paisajes del otro lado de la ventana fuera más interesante que cualquier otra cosa.

Acabé por aburrirme como una ostra… es más, creo que me hasta me hubiera llegado a convertir irremisiblemente en ese exquisito cetáceo, cual personaje kafkiano,  si no llega a ser porque mi ansiado calvo me tocó la rodilla con la suya. Noté su contacto y sentí que me quemaba. Me removí un poco en mi asiento para hacerle notar que me estaba rozando, pero sin llegar a apartar mi rodilla de la suya. Aquel roce me quemaba. Seguí mirando las páginas de  mi libro y pensé en esa metáfora que relacionaba las letras con hormigas. Él se movió. Entonces, todo su muslo entró en contacto con el mío. Cerré los ojos y me concentré en aquella zona de mi cuerpo que estaba tan íntimamente en contacto con la suya y reprimí un suspiro. Me estaba quemando. Me ardía. Recordé a Andrés Calamaro y aquella canción suya… “Me arde, / me está quemando, / estoy disimulando… / como el fuego sobre la superficie del mar, / como el viento caliente del desierto…”.

Yo llevaba una falda vaquera, bastante cómoda, que me llegaba hasta poco más debajo de las rodillas, pero que, al sentarme, me había subido un poco para andar más a mis anchas. No llevaba medias. Nada. Solo mi piel. Mi piel en contacto con…con la tela de sus pantalones. Maldita tela, pensé. ¿Cómo serían sus piernas? Fuertes, seguro. ¿Las llevaría depiladas?...

Él carraspeó. Pero no se movió. Yo no me atreví ni a mirarle.

Entonces apoyé la cabeza contra el respaldo del asiento y cerré los ojos. Esperé. No sabía a qué, pero esperé. Pasado un rato sentí que él giraba la cabeza y me miraba. El corazón me latía tan deprisa que creo que era imposible que él no lo oyera.

Y entonces ocurrió: él posó su mano entendida sobre mi rodilla… ¡sentí una descarga eléctrica que casi me hizo gritar!!¡Me estaba tocando!
Él pareció notar que yo no estaba tan dormida como parecía y se quedó inmóvil, pero sin apartar su mano de mi rodilla. Comencé a respirar con dificultad, notablemente más rápido, pero no osé abrir los ojos por miedo a que la magia se desvaneciera. Al diablo con los prejuicios morales. Traté de relajarme y quizás por eso, inconscientemente abrí un poco más las piernas, como si le estuviera dando mi venia para que siguiera conquistando mi territorio. No era de esos que se hacían de rogar. Debió de comprender mi gesto porque me comenzó a acariciar descaradamente la rodilla y, poco a poco, a escalar mi muslo desnudo, levantándome la falda a su paso, hasta mi ardiente sexo… ¡porque vaya si lo estaba! Yo ni me movía, pero cuando llegó al borde de mi tanga, cerré la mano contraria a la de su lado y apreté el puño. No podía más. Estaba totalmente en tensión… si me llegan a pinchar en ese momento, me hubiera puesto a gritar allí en medio como una energúmena.

Apartó delicadamente la parte inferior de mi tanga con los dedos y me acarició, yo diría que hasta reverencialmente, el borde de los labios superiores. No pude evitar suspirar. Ya sentía que la presión cedía al placer y feliz, me abandoné a mi suerte.

Separó un poco los labios y tanteando, supuse que fue el dedo índice de su mano derecha la que calladamente comenzó a acariciar levemente mi clítoris. Suspiré y ladeé un poco la cabeza, incapaz de moverme. Podía oír el breve chapoteo que sus dedos indagantes hacían en mi fruta mojada: yo estaba tan húmeda que temí manchar el asiento del autobús. Pasaron apenas unos segundos cuando me sobrevino un delicioso orgasmo que me dejó clavada, totalmente inmóvil, en el sitio. Me mordí los labios hasta casi hacerlos sangrar con tal de no gritar o de suspirar demasiado fuerte como para que me oyera todo la gente que viajaba en el autobús. Entonces él, sin darme un respiro, alentado por mi abandono, me introdujo dos dedos en la vagina y comenzó un frenético vaivén de dentro afuera, una y otra vez, una y otra vez... yo ya me sentía a las puertas del Cielo o del Infierno, porque no podía gritar, dejar escapar de mi garganta todo lo que tenía dentro... sin embargo no me dio tiempo a sentirme frustrada porque pronto sentí de nuevo una cálida punzada y un sofocante calor que me anunció otro orgasmo!! Yo!! Dos orgasmos en tan poco tiempo y solo con los dedos!!
 
 

De pronto el autobús dio un giro y frenó. La atronadora voz del conductor anunció la última parada de Ciudad Real y mi compañero se revolvió en su asiento. Sacó los dedos mi interior y chupándoselos se puso de pie y me preguntó amablemente si le dejaba pasar, que aquella era su parada. Atontada, abrí los ojos y aparté las rodillas. Me sentí incapaz de ponerme de pie. Estaba segura de que si la había, me caería redonda al suelo.

Vi cómo se alejada por el pasillo hacia la puerta que había en el centro del autobús pero no habría bajado dos escalones, cuando se giró hacia mi, y llevándose a la nariz los dos dedos que me había metido, y sonriendo, los olió como si del mejor perfume se tratara…
Después, sencillamente, se marchó.

Yo continué mi camino hacia Granada, exhausta, feliz, y amando la vida más que nunca.

Y si.
La vida, inexorable, ha seguido…  con sus grandes y pequeños pormenores, si...  pero yo jamás podré olvidar aquellas manos, aquel roce que me quemaba…  ésa es la esencia.

por Aliena del Valle
 
 

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