La mujer de mi padre
 

¿Como empezar esta historia? No sé. Primero les aclaro que debido a que en mis tiempos libres me dedico a leer literatura estadounidense, puede que mi relato se convierta en algo muy detallista, así que ténganme paciencia.

Todo empezó cuando yo tenia 12 años, a punto de cumplir 13;  había vuelto del colegio y como de costumbre entre con mis llaves, ya que mis padres, por lo general, llegaban unas horas más tarde de sus respectivos trabajos. La casa donde vivíamos era grande, con grandes ventanas que iban desde el techo a al piso. Las habitaciones eran espaciosas y estaban decoradas muy a gusto, gracias a mi madre.

Usualmente, cuando llegaba, prendía el televisor e iba a la cocina en busca de algo para comer. Esa tarde había tenido un examen de historia y me había ido, según mi juicio, muy bien. Abrí la puerta y lo primero que escuche fue a mi padre gritando: “¡Sos una reverenda puta!”. Me sobresalte por esa exclamación que venía de la habitación de mis padres. Apresuradamente dejé la mochila sobre un sillón y me aventure por el pasillo, subí las escaleras y me detuve al llegar arriba.

-¡Sos una hija de puta!- gritaba él- ¡¿Cómo podes hacerme esto?!

¿A quien le estaba gritando? ¿A mi madre? Nunca había oído a mi padre llamarla así, mi corazón comenzó a latir con una fuerza impresionante. Me acerqué lentamente a la puerta de la habitación y veía como mi padre, parado en una esquina, le gritaba a mi madre desaforadamente. Sus ojos tenían un haz de odio y de violencia que nunca había visto en él. Me quedé paralizada por el miedo. ¿Qué estaba ocurriendo?

Mi madre estaba sentada en la cama, dándole la espalda, y noté como se preocupaba más por el lustre de sus zapatos que por la energía furiosa que emanaba mi padre.

-¡Hija de puta! ¡Sos una mierda!.
De pronto mi madre levantó la mirada y me vio, asomada a la puerta.

-¿Qué carajo estás haciendo ahí? Me preguntó. El corazón se me heló, sentí que la sangre dejaba de bombear en todo mi cuerpo. Mi padre levantó la mirada y la expresión de sus ojos, llenos de odio y resentimiento, cambió, para convertirse en lástima. Podría jurar que estaba casi llorando.

-¿Qué... pasa? Pregunte mirando a mi padre directamente a los ojos.

-¡Andáte de acá! Me gritó mi madre, se me hizo un nudo en la garganta. Me quede inmóvil.

-¿Acaso no me escuchaste, pendeja? Me gritó. Mi padre se volteo a mirarme y como un rayo se paró junto a mi madre y le dijo:

-¡Cerrá la boca perra de mierda!- En toda mi vida no había oído a mi padre profesar tantas injurias juntas y menos dirigidas a mi madre.

Se volteo sobre sí, y se dirigió a la puerta; retrocedí instantáneamente por el miedo. Me miró, puso su mano sobre mi cabeza y me dijo:

-Andá a tu habitación y hace una valija, que nos vamos de casa.- Instintivamente me voltee en dirección a mi cuarto para obedecerlo. Pero de repente mi madre se me abalanzó, me sujetó fuertemente del brazo y me gritó:

-¡Vos no vas a ningún lado!- En ese momento estallé en llantos por el miedo y el desconcierto.

-¡Soltála!- Le gritó mi padre -¡La nena se va conmigo!

-¡La nena no se va a ningún lado con vos!- Le respondió mi madre.

-¡Se va conmigo!- Paso seguido, me alzó en sus brazos y bajo las escaleras, mientras mi madre nos seguía con rapidez y con furia. Cuando llagábamos a la puerta mi madre me tomó de la cintura y forcejeó con él, hasta que finalmente mi padre la empujo, haciéndola caer al suelo, con mucha fuerza. Mi padre se volteo, abrió la puerta, salimos y la cerró tras sí con un fuerte golpe.
Yo seguía llorando desconsoladamente, pero él no se había percatado, ensimismado en sus propios pensamientos, mientras bajábamos los escalones que restaban para llegar a la acera.

Nos detuvimos frente a su auto, me bajo al piso y con un ademán, sacó las llaves del bolsillo trasero de su pantalón, abrió la puerta y me dijo que subiera. Así lo hice, yo iba sentada en el asiento de acompañante, mientras aceleraba cada vez más. Estaba furioso, nunca en mi vida, desde que puedo recordar, lo había visto tan enojado.

Yo seguía asustada, acurrucada, con las piernas enroscadas, en el asiento. Pronto, a una diez calles, llegamos a un semáforo, y nos detuvimos. Emitió un largo y dolido suspiro, me miró y pudo leer mi mente, me dijo:

-Amor... no llores más, nena- y su expresión de furia se convirtió en una plácida cara de benevolencia pura, limpia y sincera, como él solía mirarme. Pero sus palabras me dieron libre albedrío para seguir llorando, esta vez más fuerte. Me arroje a sus brazos y comencé a llorar con más furia, mis lágrimas mojaron su camisa celeste. Él me acaricio la cabeza y me abrazó muy fuerte, mientras de su boca salían suspiros como de resignación y cansancio.

Al cabo de unos minutos de estar yo así, me apartó suavemente de su lado y tomó mi cara entre sus grandes y fuertes manos; que siempre habían tomado las mías con dulzura y preocupación, como lo hacia en ese momento.

-¡Hay... hija!- Suspiró -¿Cómo te explico? –me preguntó mirándome a los ojos. De su bolsillo delantero saco un pañuelo y empezó a pasármelo por los ojos llorosos.

-No llores más- me dijo. Yo acaricié sus manos con mi cara mientras él me miraba como si fuese yo víctima de alguna enfermedad terminal.

-¿Qué pasa, papi?- le pregunte entrecortadamente.

-Pasa nena... que tu mamá y yo nos estamos separando- Aquello me dolió mucho, y comenzaba a volver a llorar, cuando me dijo:

-No te preocupes cielo, yo te sigo amando y tu mamá también. No llores- me suplicó y mis intentos de lagrimas cesaron ante su pedido.

-¿Por qué, papi?-

-Tu mamá se aburrió de mí, nena-

-¿Cómo?- Y mis lagrimas ya no pudieron contenerse.

-Hay hija... vamos a hacer una cosa... - y su tono de voz cambió al ver que con su tristeza no iba a apaciguar mi llanto -... vamos a la casa de la abuela a pasar unos días, ¿qué te parece?- asentí con la cabeza. Nuevamente me incorpore y me dejé caer sobre el asiento, mientras él ponía la luz de giro y tomaba el camino habitual a casa de la abuela.

No dijimos una sola palabra durante todo el viaje.
Cuando llegamos, mi abuela estaba durmiendo la siesta y tuvimos que despertarla a timbrazos. Ella salió en bata, completamente atareada y con el pelo revuelto. Se oyó el sonido de la mirilla y rápidamente abrió la puerta. Al ver la expresión en el rostro de mi padre, preguntó apesadumbrada y preocupada:

-¿Qué pasó, hijo? ¿Qué pasó?-

-Hola mamá- Le dijo él. Y pasamos a la casa.

Mi abuela, era una señora muy elegante y de dinero, su casa era más bien antigua, de un estilo victoriano, como la clasificaba mi padre. A pesar de haber enviudado dos veces, siempre estaba alegre y arreglada. En ocasiones salía a cenar con sus amigas.

Mi padre me pidió que me saliera el patio y me fijara como estaba Zorro (Zorro era el loro parlanchín de mi abuela) Accedí con un movimiento de cabeza, pero antes de llegar a la puerta que daba al patio, voltee a mirar. Mi padre se desplomaba con las manos en la cara en un diván, mi abuela se acerco rápidamente a él y lo abrazó fuertemente contra su pecho. Decidí que no saldría al patio a ver al loro y fingí cerrar la puerta, para que creyeran que había obedecido.

-¡Por Dios, hijo! ¡¿Qué te pasa?!-

-Hay mamá... -dijo él y comenzó a sollozar- Alejandra... esa perra de mierda... -

-¡Hijo!- exclamó mi abuela sorprendida por sus palabras.

-¡Si mamá, si, es una perra! ¡Hoy me pidió el divorcio!-

-¿Pero.. porque?- le preguntó la nana, como yo la llamaba.

-¿Por qué... ? ¡Por que es una hija de puta! ¡Se acuesta con Mario!

¡Dios! Lo que habría dado en ese instante por no haber escuchado esas frases. Mario, era mi padrino, había sido amigo de la familia desde mucho tiempo antes de que mis padres se casaran. ¡Mi madre se acostaba con otro hombre! Por mi mente pasaron muchos recuerdos felices, pero extrañamente, todos habían sido con mi padre, mi madre solo figuraba en los más penosos y vergonzosos. Sentí como un haz de angustia me invadía el cuerpo y me estremecí de dolor. ¿Qué sería de mí ahora? ¿Qué sería de mi pobre papito que tanto había amado a su perra esposa?
El odio surgió de mis venas como un calmante a mis nervios. En ese momento odiaba a mi madre, la odiaba con todas mis fuerzas. Mientras mi padre seguía llorando desconsolado en brazos de mi nana.

Sigilosamente abrí la puerta que daba al patio y procuré cerrarla sin hacer ningún ruido. El viento frío, del invierno que se acercaba, me heló las manos en un segundo. Mire hacia el fondo y vi la jaula de Zorro y como él comenzaba a hacer berrinches al verme. Me acerqué y por un instante mi sangre dejó, nuevamente, de recorrerme por las venas. Mi mente confusa, aturdida y mi corazón y alma dolidos, no me dejaban pensar. Finalmente llegue frente a la jaula de Zorro y con voz incrédula, le dije:

-Hola zorrito, ¿cómo estas?

-Hola... hola... hola- me respondió muy seguido y clarito.

-Prrrr... prrrrrrr- le dije yo, a lo que el muy astuto contesto:

-Semi... semi- El desgraciado quería sus “semi” (semillas) de cena. Abrí una bolsa que había junto a la jaula y llené su potecito de comida con semillitas de alpiste.

Aquel día transcurrió sin más. Ya estaba cayendo la noche y yo seguía en mi ropa de colegio, por unos instantes, había olvidado por completo todo lo que había pasado unas horas atrás. De repente oigo como unos pasos se acercaban hacia a mí. Me voltee y vi a mi padre detenerse a unos pasos de distancia. Me miraba y su cara estaba cansada, parecía haber envejecido diez años.

Con un gesto, me extendió la mano y yo no dude en tomarla inmediatamente. Sus manos eran abrigo para las mías, y ahora las necesitaba más que nunca. Caminamos lentamente de vuelta a la casa, cuando llegábamos a la entrada él se detuvo, se arrodillo ante mí, y me abrazó; a lo que yo respondí igualmente.

-Te quiero mucho, nena- Me dijo.

-Yo también te quiero mucho, papito-

Cuando entramos a la casa la nana había preparado la comida.

Mientras nos sentábamos a la mesa, me preguntaba:
-¿Cómo es posible que mi madre le haga esto a papito? ¿Cómo puede dejar de amar a un hombre con él? Yo cuidaré de él, lo protegeré-

Durante el resto de la noche estuve planeando la vida que llevaríamos juntos a partir de ese momento; solos, juntos, por fin mi papito iba a ser solo mío y nadie se interpondría entre nosotros.

En las siguientes semanas las cosas transcurrieron tranquilamente, nos habíamos quedado en casa de la nana; yo seguía yendo al colegio, papá trabajando, todo era normal. No veía a mi madre desde aquel día, pero, no la extrañaba. Papá se estaba encargando de conseguir un departamento en el centro, cerca de mi colegio y su trabajo; y de regular los tramites del divorcio, aunque él no hablaba de ello.
Una tarde, regresaba a casa de nana del colegio, los exámenes me habían ido de maravilla y estaba muy contenta. Cuando entro, mi madre estaba sentada hablando con un hombre que traía fojas y carpetas bajo su brazo.

Al entrar y verla allí, mi mirada se dirigió a los ojos de nana que estaba parada junto al teléfono y por lo que decía, hablando con mi padre.

Cerré la puerta tras de mí y me apoye sobre ella, mi madre giro la cara y me dijo:

-Hola amor... vine para llevarte a casa conmigo.-

-¡¿Llevarme a casa?! ¡No, no quiero dejar a mi papito!- Al oírme la cara de mi madre se transformo.

-¡Ve lo que le digo!- Se dirigió hacia el hombre sentado junto a ella.

-¡Anda a buscar las cosas, que nos vamos!- Me ordenó, pero yo me abracé fuertemente a mi nana; no quería irme y dejar a mi papito, no me quería ir con mi madre.

-¡Por favor, Alejandra, por lo menos espera a que llegue mi hijo antes de llevarte a la nena!-Le pidió mi nana.

-No tengo porque esperarlo, ¡es mi hija!-

Hubiera deseado no volver a ver a mi madre en mi vida; que se fuera y me dejara en paz con mi papito. Pero ahora estaba allí, estaba allí para llevarme; ¿y si mi llevaba lejos? ¿Y si no me dejaba volver a ver a papi? Me aferré con las uñas a la falta de mi abuela. No iba a irme, no dejaría que me llevase.

-¡No me voy nada... yo me quedo con mi papi!

-¡Vos te venís conmigo!- Y me tomó del brazo, comenzó a tironearme para alejarme de mi nana.

-Señora, por favor... - Le dijo el hombre que estaba allí con ella. En ese momento oí como de afuera llegaba el sonido de un automóvil que se estacionaba violentamente. Seguramente seria papito. Y así fue, mi padre entró de un golpe a la casa
y vio como mi madre forcejeaba conmigo y con nana.

-¡¿Que es esto?!- Mi madre me soltó automáticamente y se viro hacia donde estaba mi padre.

-Vine a llevarme a la nena a casa- Le dijo, muy tranquila.

-La nena se queda en esta casa, con su abuela y conmigo. No tenés ningún derecho a reclamar nada... -
-La señora, tiene el derecho que le otorga ser la madre de la niña- Dijo aquel hombre enfundado en un horrible traje color café.

-¿Usted quien es?- Preguntó mi padre.

-El señor... es mi abogado. Vengo a reclamar la tenencia de la criatura, es mi hija-

-Ese privilegio lo perdiste hace algún tiempo... y en cuanto a la tenencia de la nena, si la querés la vas a tener que pelear en la corte.- Mi papito me estaba defendiendo. Me aferré a sus piernas y su cintura con mucha fuerza, él me tocó la cabeza con una de sus manos.

-Esta bien- Dijo mi madre –Hasta luego, mi amor- Se arrodilló ante mí y me besó la mejilla. Se fue, seguida de aquel abogado.

Durante el resto de la tarde, estuvimos hablando de lo que podía ocurrir en el juicio. Ella podía quedarse con la casa, y con lo que quisiera, pero mi papito no estaba dispuesto a entregarme, él quería quedarse conmigo.

Lógicamente, la condición de ramera de mi madre, no la favorecería al pedir la tenencia, ya que esa era la base para el divorcio.

Mi padre se levantó aquella mañana y se vistió con uno de sus elegantes trajes, hechos a medida. Yo lo observaba mientras él se daba los últimos retoques frente al espejo.

Estábamos viviendo en un hermoso departamento lleno de luz, en el decimoquinto piso de un viejo edificio remodelado. Al abrir las ventanas, la luz inundaba las habitaciones.

Nuestros dormitorios estaban en distintos puntos del corredor; el suyo estaba al final del mismo, y yo lo miraba desde la puerta como acababa de arreglarse el pelo.

-Estas muy guapo- Le dije. Él se volteo a mirarme.

-Gracias, mi amor- Me dijo, y esbozó una sonrisa que me era irresistible.

La corte estaba vacía, solo estaban en ella, mis padres, sus abogados y el juez. La decisión era obvia; en su condición, mi madre no podía tenerme bajo su cuidado, en cambió mi padre era el más adecuado.

La sentencia fue todo lo que mi padre había esperado, hasta que llego el turno de dar la tenencia legal de la niña, o sea yo. El juez otorgó favoritismo a mi madre y dictó un régimen de visitas; martes y domingos.

Cuando mi padre regresó, corrí a su encuentro, confiada de que todo había salido bien; lo abracé pero él no me devolvió el gesto. Lo mire extrañada:

-¿Qué pasa?- Pero él no me respondía. Me le quede mirando aun más.

-Perdimos- Mis ojos se desorbitaron, mi corazón se aceleró.

-¿Perdimos? ¿Cómo? ¡Me voy a tener que ir con ella!- Me separé de él, y esa fue la primera vez en mi vida en que reaccionaba como un adulto. Sin lloriqueos, sin gritos; simplemente reaccione ante lo inevitable sentándome contra la pared, con la cabeza entre las manos. Él se sentó junto a mí y me dijo:

-Nos podemos ver los martes y los domingos, dijo el juez-

-¿Nada más?- Respondí yo con la voz quebrada.

-Nos vamos a ver lo más seguido posible, te lo prometo-
A la mañana siguiente, ella llegó con un vestido de confección, con guantes y un saco largo hasta los pies. El invierno había llegado. Papá le abrió la puerta y la hizo pasar, pero no sentarse; me estaba esperando parada junto a la puerta.

-Amor... - Me llamo mi papá. Yo estaba sentada en el borde de mi cama con la maleta a mi lado. No quería levantarme, no quería irme. Junté fuerzas de donde no tenía y me dirigí al corredor y después hacia la puerta. A mi papito se le estaban por salir la lagrimas, lo abracé fuertemente.

-Nos vemos el martes, cielo- Me dijo muy dulcemente. Yo asentí con la cabeza. Mi madre me extendía la mano para que yo la tomase, indiferentemente me limité a tomar mi maleta y no soltar la mano de papá hasta el último segundo.
 
 

II

Los meses se fueron sucediendo, hasta que termine el año escolar. Ahora comenzaría la prepa, para ese entonces contaba con 13 años y mi cuerpo había comenzado a cambiar.

La relación con mi madre era muy distante, dos meses después de que firmaran el divorcio, ella se caso con Mario, mi padrino. Vivía en casa y trabajaba por la mañana, como yo iba al colegio por la tarde, lo veía muy poco.

Seguí viendo a papá, pero ahora casi todos los días. Estaba planeando pedirle permiso a mi madre, para poder irme de vacaciones de verano con él a la playa. Pero ella me tenía preparado algo.

Aquel día, fue el último de clases y llegué a casa como siempre, mi madre ya había llegado y estaba sentada frente al televisor, sin zapatos, fumando un cigarrillo. Al oírme entrar me dijo:

-Ornella... tengo que hablar con vos- Me acerqué a la mesa y sin dejar mis carpetas me senté frente a ella.

-¿Qué querés?- Le pregunte con tono frío, casi violento.

-Se trata de las vacaciones de este año... No hagas planes-

-¿Por qué?-

-Porque a Mario le designaron una oficina en España, y nos vamos a pasar un año para allá. Salimos en dos semanas, ya esta todo listo.-

-Me puedo quedar con papi, en vez que irme con ustedes- Le dije despectivamente.

-Venís con nosotros- Terminó de decirlo y se levantó, para dirigirse a la cocina.

¡Un año sin ver a papito! El resto de aquel día me encerré en la habitación, no quise cenar.

Papi había envejecido un poco, pero a pesar de sus recientes cabellos plateados, seguía siendo muy atractivo. Tenía ahora 37 años. Vivía en nuestro departamento del centro, pero seguía solo, nunca podría tolerar verlo con otra mujer.

Siempre se destacó por ser un hombre muy alto, de espaldas anchas, llevaba su pelo castaño muy corto, sus manos eran las más hermosas y grandes; siempre protectoras y cariñosas.

Para ese entonces trabajaba como secretario general de asuntos exteriores en la embajada de España, gracias a su doble nacionalidad.

El viaje a España, se había planeado con dos meses de anticipación, y para mi sorpresa papá ya lo sabía. Aprobó que se realizara, para poder iniciar mis estudios en España. Mi primer año de prepa lo haría en Madrid. Él personalmente se había encargado de las gestiones en un instituto privado, según lo que me había dicho era el mejor en todo Madrid. Me aceptarían a mitad de temporada y luego iniciaría cursos de verano para ajustarme a las asignaturas.

Todo esto planeado, mientras yo ansiaba quedarme con mi padre.

Madrid era como cualquier otra ciudad cosmopolita, las calles llenas de autos, los negocios, los hoteles, las madres con sus hijos, y toda clase de personas que suelen encontrarse en una calle céntrica. Mis primeros días me los pasé ajustándome al régimen del instituto, a mis nuevos compañeros.
Cuando volviera a mi país ya tendría 14 años. Mi pelo había crecido, también mi cuerpo, pero mi padre seguía en mi mente indeleblemente.

Vivíamos en un piso en el centro de Madrid. Mi habitación era espaciosa, pero las ventanas eran pequeñas y de ellas entraba el horrendo humo de los caños de escape. Siempre la tenia cerrada. Diseminadas por todo el cuarto había fotos de mi padre, de mis amigas, de mi nana; pero no tenía ninguna de mi madre, y mucho menos de Mario.

Mario había sido transferido a España, para dirigir el proyecto de un portal en Internet, una versión española de la original. El proyecto duraría un año, y luego él regresaría a su puesto original. Esto representaba una gran oportunidad para él, en la compañía donde se desempeñaba lo tenían muy en cuenta, y si hacia bien su trabajo, seguramente obtendría un ascenso.

Mientras ellos asistían a las fiestas que organizaban en la empresa, yo pasaba las noches hablando con mi papá por Internet, nos veíamos a través de las webcam y platicábamos por teléfono todos los días. Mis estudios iban muy bien, era la mejor calificada de mi clase y mi comportamiento algo distante fastidiaba a mis compañeros.

La mayor parte de ellos eran niños mimados, hijos de empresarios importantes, de políticos, herederos de fortunas y asistían a clases solo por compromiso social. Yo por mi parte fui toda mi vida una “traga libros” y no me sorprendía que mis notas fueran buenas.

Así pasaron las semanas, los meses. Sin mi padre, mi vida era monótona, a pesar de que había hecho un círculo de amigos con los que salía a divertirme. Las tardes después de clases me ponía a leer los libros que había comprado para mis vacaciones, o iba al cine con Sara, la hija del colega de Mario, de la que me había hecho muy amiga.

La situación con mi madre no había cambiado, nunca la perdonaría por haberme alejado de papi. Estábamos distanciadas, por momentos le daba lo mismo haber ganado la custodia y aunque Mario se esforzaba por acercarnos y por que yo me acerque a él, lo hacia inútilmente. Lo único que yo hacia era esperar pacientemente la oportunidad de irme con  papi.

A los días de escuela, se le sumaron clases de piano e inglés. Era buena en ambas cosas, así entretenía los días. Mi madre se dedicaba a ir de compras o pasársela en casa de una de sus nuevas amigas, mis ocupaciones me mantenían alejada de su vida y eso era lo que ella quería.

Mi cumpleaños número 14 pasó sin pena ni gloria, como si fuera un día corriente. Cuando regrese del colegio, había sobre la mesa principal del comedor, un gigantesco ramo de rosas amarillas; solo una persona sabia como me gustaban las rosas de ese color: mi papi. Me arroje sobre ellas para olerlas, el aroma era exquisito, en la parte superior colgaba un sobre. De él extraje la tarjetita:

“Para mi hermosa princesa. Feliz cumpleaños. Papá.-”

Eran las rosas más hermosas que nunca me habían regalado, inmediatamente me las llevé a mi cuarto y me encerré con llave.

El tiempo había pasado, y desnuda frente al espejo, me di cuenta que la estructura de mi cuerpo había cambiado bruscamente después de que me tocara mi primer período.
Estaba lista para meterme al baño; el agua corría y yo no podía sacar la vista de mis rosas amarillas; así que tomé una antes de comprobar cuán caliente estaba el agua del jacuzzi.

Me sumergí en él sin soltar mi rosa. El agua estaba muy tibia y eran agradables las burbujas que emanaba.

La copa de mi rosa acariciaba mi cara, y me corrió por el cuerpo una increíble sensación de suavidad. Tomé la esponja, dejando la flor a un lado, y comencé por mis piernas como era mi costumbre.

Pensaba en lo que estaría haciendo papito en ese momento. De repente la esponja rozó mis pezones e inmediatamente estos se endurecieron, la sensación era fabulosa. Mis compañeras me habían hablado de cómo se masturbaban y acariciaban, nunca había sentido la necesidad de hacerlo; hasta ese momento.

Seguí pasando la esponja por mis pechos y cada vez se endurecían más. Estuve haciendo estos movimientos por un buen rato, hasta que baje una de mis manos hasta mi entrepierna y noté que estaba mojada, pero no era agua, era un líquido más espeso y su aroma era penetrante. Entonces recordé los detalles que me había dado Sara sobre como se masturbaba acariciando su entrepierna.

Me acaricié la vagina con mis dedos, mientras mi otra mano se encargaba de mis pechos; descubrí mis partes más sensibles al simple tacto y aquellas que tenía que incentivar para lograr el gozo. Cada vez me masajeaba con más fuerza, con más rapidez, mientras mis piernas se tensaban por la presión, más líquido se escurría del interior de mi sexo. Como un golpe sentí una increíble sensación de placer que me recorrió todo el cuerpo y mi espalda se arqueó instintivamente, sumergiendo mi cabeza en el agua. Cuando acabe de hacerlo, mi vagina estaba completamente húmeda, a pesar del agua, que no pudo diluir mis líquidos del todo.

La sensación había sido tan maravillosa que durante los días y semanas que se sucedieron no podía detenerme un solo momento. Con el tiempo las tácticas se fueron modificando, ya no solo utilizaba los dedos.

En una oportunidad, Mario estaba afeitándose, utilizaba una de aquellas afeitadoras eléctricas o a pila que vibran. En cuanto me vi sola en la casa mi primer impulso fue recurrir a tomarla.

Me encerré en el baño, la excitación de una nueva experiencia era enorme. Como si mis pechos y mi entrepierna pensaran solos, y adivinando lo que tenia en mente, respondieron a la estimulación de aquella idea. Aquel día llevaba falda, como usualmente lo hacia, una remera blanca y mis zapatos blancos.

Busque la afeitadora en el botiquín, pero allí no estaba, me voltee y lo primero que vi, fue el armario de las toallas.
-Tiene que estar acá- Pensé.
Lo abrí desesperada, y allí estaba, junto a los productos de tocador. Lo tomé en mis manos, como si fuera una reliquia antigua, y chequé que tuviera puesta las pilas. La encendí para ver si funcionaba, y así fue. Inmediatamente me senté sobre la alfombra blanca y procedí a quitarme las bragas; al pasar mi mano por mi entrepierna, descubrí que estaba húmeda, y mis pechos se habían endurecido.

Separe mis piernas, abriéndome lo más posible y encendí la maquina; ésta comenzó a vibrar. Lentamente la coloque sobre mi vagina, las vibraciones me estremecían, a tal punto que mis piernas y muslos se contraían por la exaltación. A medida que la excitación aumentaba, yo aumentaba la velocidad, la frotaba violentamente contra los labios de mi vagina. Estuve así por un tiempo, hasta que subí a la segunda velocidad de aquel maravilloso instrumento de placer. Esta vez, lo lleve a mi clítoris, en el momento en que la primer vibración lo rozó, tuve un orgasmo compulsivo que me obligo a reaccionar llena de convulsiones. Mis líquidos salieron disparados de mi interior. Completamente extasiada, me desplomé por completo sobre la alfombra, pasando mis dedos por mi vagina húmeda e inmediatamente por mi boca. Allí recostada, lo único en lo que pensaba era en las manos de mi padre.

Tenía catorce años y mis experiencias de gozo iban aumentando; había dejado mis muñecas atrás, para siempre.
 

Ana

 

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