La mujer de mi padre 
 

V

Mi carrera en el conservatorio era excelente, comenzaba a considerar seriamente una carrera como concertista de piano.

Mis profesores eran los mejores del país, y además papá había conseguido que un concertista italiano, me impartiera unas cuantas clases. Tenía para aquel entonces 17 años.
Aquella noche, se convertiría en algo decisiva en mi vida. Llegaban ministros y políticos de España a celebrar un tratado económico con el gobierno de mi país; como era de esperarse, durante la noche la embajada española impartiría una fiesta en honor a sus invitados tan ilustres.

Papá me había invitado, según él, ya había dado con la edad justa para acompañarlo a las recepciones de la embajada. Obviamente aquello era una excusa, seguramente había tenido una disputa con Magda y no tenia a quien llevar. Pero eso a mi no me importaba.

Con mi vestido nuevo, que en una canción Arjona lo describe: "el escote en su espalda llegaba justo a la Gloria".

Era negro, muy sencillo a pesar del escote de la espalda, llevaba zapatos al tono, con un pequeñísimo destello de luz a un lado; el pelo recogido, nueva joyería, regalo de mi padre, y un chal negro, trasparente, por los hombres. Ni a la legua se podía distinguir mi edad, fácilmente pasaba por una mujer de unos 20 años, gracias al vestuario y al maquillaje.

Sentí la bocina del auto de mi padre fuera, me mire al espejo, di los últimos retoques y salí de mi habitación. Mario y mi madre estaban en el living mirando la TV. Al verme Mario se expresó con vehemencia:

-¡Wow... que preciosa!- Mi madre le lanzo una mirada, pero él ni se percato.

-¿Y así te pensas ir?- Me preguntó mi madre con tono despectivo.

-Si- Le dije y me fui.

En el auto mi padre me lanzaba elogios cada vez que podía. Más de una vez lo pesqué mirándome las piernas.
Llegamos a la embajada y recién cuando bajamos del auto pude notar lo guapo que iba mi padre. Era un hombre por completo, sin ninguna falla, sin ningún error.

Pasamos una velada hermosa, entre los Españoles me sentía en mi salsa y me desenvolvía con mucha naturalidad. A la fiesta también habían asistido embajadores de EE.UU., Francia, Alemania, Japón y por supuestos los nuestros. Con los norteamericanos pude hablar con fluidez, al igual que con los japoneses, y aunque mi francés era algo precario pude hacerme entender.

Baile, la cena fue estupenda, y mi padre estaba encantado. Cuando todo hubo terminado, nos despedimos y en el auto mi padre me decía:

-Estuviste estupenda..., el embajador se quedo encantado contigo. Me ha pedido que te lleve más a menudo a las recepciones. Dice que eras una diplomática nata y quiere que consideres un puesto, en unos años, dentro de la embajada-

-¿En serio?-

-¡Si! Has estado estupenda. Me enorgullece que seas mi hija-

Esas palabras me acabaron de derretir, lo que el embajador, o toda  España pensara de mi se había desvanecido de mi mente. Lo que mi padre me había profesado valía más que cualquier elogio de toda la ONU junta.

Llegamos al departamento, y él se puso a preparar café, mientras intercambiábamos comentarios y chismes sobre los presentes en la fiesta. Que la mujer del embajador francés, que los hijos del político tal, o la corbata de aquel. Y las risas aumentaron. Entonces él vino con el café. Lo tomamos en su despacho, mientras seguíamos con los comentarios.
La habitación estaba casi en penumbras, y una lámpara de pie alumbraba un rincón. En un momento nos quedamos callados. Vi en los ojos de mi padre una luz que nunca había visto antes. Me miraba fijo.

-¿Que es lo que tanto me miras?- Le pregunte.

-Lo hermosa que te haz puesto- Me respondió, pero sus palabras ya no sonaba como las de un padre.

-Gracias- Le dije.

Me puse de pie y me dirigí al otro lado de la habitación, donde sobre una cómoda, estaban los retratos. Me pare frente a ellos con la taza en la mano.

-¿Te acordas de esta?- Le pregunte dándole la espalda. No me había dado cuenta de que él se había puesto detrás de mí.

Entonces sentí como sus brazos rodearon mi cintura. Me estremecí por completo. Me tenia contra su cuerpo mientras aspiraba el aroma de mi cabello y me presionaba con sus manos. La taza callo al piso, mi mano debilitaba por aquella sensación no pudo sostenerla.

-Que rico hueles...-

-Papá...- Dije en un suspiro. El me volteo para poder mirarme, no me quitaba las manos de la cintura.

-Eres hermosa... hermosa-

Acercaba su boca a la mía, mientras decía esto. Entonces me beso, pero no era un beso de un padre, era el beso de un hombre. Sentí su boca quemando la mía, y me volví a estremecer en sus brazos, bajo su boca. Aquel fue el beso más dulce, tierno y apasionado que nadie me había dado. Presionando su boca con la mía, ni un segundo de respiro. De repente se desprendió de mi con violencia.

-¡Que estoy haciendo! ¡Que estoy haciendo!- Y se tomó la cabeza entre las manos poniéndose de espaldas a mi.

-¿Qué pasa le dije?-

-¡Perdóname hija... perdóname. Soy un cerdo! ¡Es que eres tan hermosa, tan mujer, que yo...!-

Y se lanzo en un sollozo. Vi sus hombros, su espalda, sentí su llanto y no me pude resistir. Sabía que estaba mal, que no era lo correcto, pero no me importó.

Lo abrace, rodeándolo con mis manos, frotando mi cara contra su espalda, recorriendo su pecho con mis manos, pero no como lo hace una hija, sino como lo hace una mujer.
Él se volteo y me tomó de los hombros, completamente fuera de si. Me miró fijamente, a los ojos, con uno de sus brazos rodeo mi cintura, con el otro me tomó de las sienes y volvió a besarme como hacia unos minutos atrás. Pero este beso fue más largo, más apasionado; él movía la cabeza, buscando en mi boca con su lengua cada cm. Con sus manos acariciaba mi espada. Entonces le rodee el cuello con mis brazos y el beso se intensifico más. Él metió su mano por el escote de mi espalda y con sus hermosas manos comenzó a acariciarme las caderas.

Mis manos se deslizaron por debajo de su camisa y tocaron su hermosa espalda, sintiéndola caliente, muy suave. Me tomó de un lado de la cara y se desprendió de mi boca, bajando con la suya por mi cuello, por mi escote. Me volteo y comenzó a besarme la espalda, a acariciarla. Mientras me decía que era hermosa, que me amaba, que me deseaba. Apoye mis manos en la cómoda, me aferré al borde y me incline un poco hacia delante, él seguía besando mi espalda y cada beso suyo era la gloria para mi. Mi cuerpo se retorcía y reaccionaba a cada una de sus caricias.

Siguió recorriendo mi espalda, escarbando cada parte, cada milímetro, como si quisiera grabarla en su memoria. Entonces sus manos bajaron a mis tobillos, me quito un zapato; luego el otro y recorrió mis tobillos. Lentamente subió sus manos por los costados de mis piernas, hasta encontrar el borde en encaje de mis medias, y comenzó a deslizarlas hacia abajo muy suavemente. Primero una y luego la otra. Las medias quedaron a un lado, tendidas en el piso.

Elevo sus manos hasta mi cintura y me alzó en sus brazos, mis brazos rodearon su cuello, mi cabeza contra su pecho, podía oír los latidos de su corazón y el aroma de su perfume. Bajó las escaleras y me llevo a su recamara. Allí me tendió sobre la cama y se quito la camisa. Se cernió sobre mis piernas y nuevamente, con su boca las recorrió. Cuando hubo acabado de llegar a mi entrepierna, las separo lentamente y me miró. Yo tenia en mi boca uno de mis dedos, levemente presionados con los dientes, mientras mi mano libre lo tomaba de las sienes. Abrí las piernas y lleve su cabeza a mis bragas.

El me beso con pequeñitos toques, me lamió, me acaricio hasta que sus manos se cansaron, con las bragas puestas; luego con su boca llegando a mi vientre y volviéndose a deslizar hacia abajo me las quito suavemente con los dientes. Y volvió a sumergirse, pero estaba vez sus manos también formaban parte. Me encontró tan húmeda, tan mojada, que no le causo ningún problema introducir uno de sus dedos a mi vagina. Yo reaccione con un leve movimiento y gemido. Mientras lo movía en forma circular en mi interior, con su lengua masajeaba mi clítoris. Mis pechos se habían endurecido tanto que me dolían. Sin quitar su lengua de mi comenzó a quitarme el vestido hacia abajo, muy lentamente; en momentos sus dedos rozaban mi piel y me quemaban.

Cuando estuve completamente desnuda subió con su boca a mi vientre, a mis senos y los lamió, los beso, con su lengua jugaba con mis pezones. Siguió subiendo por mi cuello, hasta llegar una vez más, a mi boca y fundirse conmigo en otro increíble beso. Mis piernas rodearon su cintura y mis manos su espalda, mientras me besaba se movía sobre mi aun vestido, arriba y abajo. Y mis manos se deslizaron a sus cabellos, tomándolos con fuerza.

Entonces se reincorporo, vi como entre sus piernas el bulto de su pene se formaba bajo la mancha de mis líquidos en sus pantalones. Se los quito muy lentamente, luego los boxers que traía, sin dejar de mirarme y su pene quedo ante mis piernas completamente erecto. Me separo aun más las piernas, y coloco sus manos bajo mis caderas, elevándolas a la altura de su cintura. Así, acercó su extremo a mi vagina y comenzó a introducirlo muy despacio. Me penetro por completo, su pene pasó sin dificultad alguna a mi interior. Una sensación como de regocijo se apodero de mi vientre e hizo que me retorciera. Me penetraba y cada una de sus embestidas me eran insoportables por el placer que me provocaban, sentía desarmarme en sus manos, en su sexo.
Toque la gloria eterna con la punta de los dedos. Cada movimiento suyo en mi interior significaba el completo éxtasis, como pequeños orgasmos esporádicos en mi.
Entonces se volteo y quedo boca arriba en la cama, invitándome con la mirada. Yo me senté sobre él y con sus manos tomaba mi cintura y me presionaba hacia abajo y me elevaba hacia arriba. Sus ritmos aumentaron y también mis movimientos sobre él. Me aferré de su pecho, lastimándolo, gimiendo, jadeando, sin poder respirar, pensé que iba a perder el conocimiento; mi respiración cesaba por unos segundos y volvía como un golpe a salir de mis pulmones.

Entonces mis líquidos se dispersaron por su pubis y mis gritos ensordecedores llenaron la habitación. Mi nivel orgasmico había alcanzado el tope de todo lo probable, su respiración se convirtió en un incesante jadeo, y suavemente, muy gentilmente me retiro de él, se puso de costado sobre la cama, dándome la espalda y exploto en un gran alarido, lanzando su semen sobre el piso lustrado. Tuvo la gentiliza de no acabar en mi; para aquella época, yo no salía con nadie y había dejado de consumir las píldoras anticonceptivas y él no llevaba condón.

Me quede recostada boca arriba, con las piernas abiertas, completamente fuera de mi, sentía como flotaba en aquella habitación a oscuras. Él me acaricio las piernas y me las unió, volvía a impartirme uno de sus besos escalofriantes y me abrazó, cubriéndome con la sabana, así quedamos dormimos, unidos, abrazados.

Aquello era el inicio de una relación que para muchos puede resultar enfermiza; pero para mi significaba todo.
 

Ana

 

Volver al indice de ANA