Un cuento de grandes tetas
Por Dark Saber
CCAPITULO IAPITULO

En el pequeño poblado donde nací, no había mucha gente, pero mi padre era el propietario de la mayoría de los comercios de esta polvorienta y árida zona, yo no conocí a mi madre, pero por los improperios que mi señor progenitor exclamaba cada vez que le preguntaba por ella, deduje que nos había abandonado, cosa que un alma caritativa me confirmó tiempo después: mi madre huyó con un amante llevándose una gran cantidad de dinero que robo de nuestra casa, en fin, la vida a veces es así.

Así, vivíamos en una hacienda muy amplia, que funcionaba como gran almacén de las mercancías que vendía mi padre, además existía una gran caballeriza, no de caballos de gala o carrera, sino de carga, con percherones y mulas que jalaban los carretones para abastecer a otros pueblitos cercanos de productos diversos, desde alimentos hasta herramientas para labrar el campo. Paco, mi papá, estaba ya bastante enfermo, una afección del corazón lo debilitaba progresivamente, y él deseaba que me hiciera cargo de todo lo más pronto posible, ya sentía la muerte muy cercana.
 

Ya tenía yo 17 años, y sabía a la perfección el manejo de los negocios de papá, aprendí a leer y hacer las cuentas necesarias para que todo marchase de la mejor forma y obtener las mejores ganancias. Yo era de complexión muy obesa, un gordo descomunal y alto, para ser un adolescente ya parecía de 30 años, por mi excesiva gordura.

Fue entonces cuando llegó una pariente lejana de mi padre, una gran señora con un carruaje de miedo, y con sirvientes... que traían arrastrando a una salvaje, una fiera indomable, era la hija de esta elegante mujer. Se defendía como leona y soltaba golpes a diestra y siniestra, pero los tres robustos criados ya habían desarrollado habilidad para detenerla, seguramente con el paso de los años estas peleas eran frecuentes. Se llamaba Lidia, y tenía 16 años, pero era bellísima, alta, casi como yo, de piel blanca y pómulos salientes, pelo negrísimo al igual que sus ojos que lanzaban llamas de furia, una cintura tan esbelta que parecía que se podría romper con el esfuerzo de la lucha, la cadera amplia, redonda, piernas musculosas y bien torneadas que se asomaban por los restos de una larga falda de tela rasgada, y unas nalgas poderosas chocaban entre ellas de manera formidable al intentar liberarse de los sirvientes, pero lo que me sorprendió fueron el par de tetas que se cargaba, de campeonato, a pesar de su holgada blusa estos senos parecían a punto de reventar la tela que los aprisionaba, y la agitación de su respiración provocaba un efecto alucinante de sube y baja de su amplio escote, un profundo abismo se abría entre sus pechos sudorosos, inevitablemente uno podría hundirse irremediablemente. Sentí hervir la sangre ante esa visión impactante. Mi padre y la pomposa señora llevaron a la pantera custodiada por los tres férreos guardias hasta una habitación y la encerraron, y los embates de la chica no cesaron, cerrada con tres cerrojos la puerta aún era golpeada con gran furia.

Pues esta lejana parentela de mi padre había venido con el propósito de que Lidia se quedase encerrada en este pueblucho, su madre ya no aguantaba los escándalos de su hija en la ciudad, era una chica salvaje e insaciable, había sostenido una relación con un respetable hombre casado, y se había quedado preñada a los quince años, dio a luz a un precioso niño, pero la madre de Lidia había decidido que esta era una pésima influencia para su hijo recién nacido, por lo cuál sería dado a uno de los hermanos mayores para que lo criara como hijo propio, adoptándolo en secreto. Que mejor manera de separarlos que arrastrando a esta tigresa a un alejado y poco comunicado poblado. Además nuestra hacienda parecía una fortaleza, al ser un almacén, debía estar permanentemente vigilada, altos muros, perros que acechaban por todos lados, sirvientes armados y con buena paga para evitar algún robo planeado por ellos mismos pero era una posibilidad remota, eran además muy leales a la casa.

Esa tarde partió aquella mujer en su lujoso carruaje, dejando a su hija en el eterno olvido, bajo nuestra custodia, era el pago que debía mi padre a un favor que aquella seca matrona le había otorgado en el pasado. Esa misma noche papá cayó enfermo, mandé a dos sirvientes por el médico de cabecera, pero en la madrugada la casa de cubrió de luto. Todo parecía que se complicaba y el cielo se caía sobre mi... la llegada de la fiera, la muerte de papá, era como una alucinación.

Todo se complicaba, mientras que sepultamos a Don Paco, el que me cuidó totalmente solo, sin ayuda de nadie, en casa Lidia se encargaba de darles una palizas feroces a los sirvientes que le llevaban de comer. Le compré ropa apropiada y larga, que cubriera su tentadora anatomía, pero apenas se la dábamos nos arrojaba por una pequeña ventana los jirones de los vestidos y ropa interior que ni la mugre habían conocido, en cambio tuvieron el delicado trato de las uñas de Lidia.

Todos los día una anciana criada le acarreaba agua caliente para que se bañara, la misma criada se encargaba de peinarla y llevarle la comida, con ella parecía que su fiereza se calmaba. Juan, uno de mis más fieles colaboradores, se atrevió a entrar a su habitacióna hurtadillas cuando ella se bañaba, de pie, junto a una palangana.

 “Tía, pero que enorme culo tienes”, le dijo el desafortunado Juan a Lidia.

Fueron necesarias cuarenta puntos de sutura en la cara de Juanito, que nunca supo cómo una chica lo hizo perder el conocimiento de un certero puñetazo en la mandíbula y lo siguió golpeando hasta que llegué con cuatro de mis ayudantes a rescatar a Juan. Su cuerpo desnudo y mojado era el de una diosa, de una estatua griega, blanco como el marfil, firme como la roca, no parecía el de una chica que recién había sido madre, lo único que sí la delataba era los melones que tenía por pechos, enormes y rebosantes, que por cierto con el paso de los días parecían hincharse más y más, como odres a punto de explotar, con la piel brillante y los pezones puntiagudos. Rabiosa y violenta me grito:

“¡¡Cerdo gordo y asqueroso, lárgate con tus perros!!”, y me arrojó al rostro un jarrón en el que se le servía el agua, por poco y no lo esquivo, ya acuestas con Juan, salimos huyendo de los golpes de esa desnuda diosa guerrera.
 

Había un extraño fenómeno en el cuerpo de Lidia, sus carnes se volvieron más firmes con la maternidad, flexible como una caña, pero sus pechos no habían dejado de producir leche, a pesar de que ya tenía más de un mes que no amamantaba a su arrebatado y lejano vástago. Y el líquido se estaba acumulando haciendo que sus tetas sufrieran un desmedido crecimiento. Por fin había aceptado la ropa que le mandé, y en su blusa especialmente confeccionada para la gran talla pectoral, se podían mirar dos manchones húmedos de la leche que manaba de sus pezones, la tela revelaba la magnitud del problema: era necesario drenar el exceso de leche, ¿pero cómo hacerlo?. Lidia se negaba a que el doctor la examinara, y por cierto el señor doctor no iba a arriesgarse a recibir una tanda de golpes de parte de esta exuberante amazona. Aunque era muy extraño, al no tener un bebé sea amamantado regularmente, por lo general los pechos dejan de producir leche, y vuelven a su tamaño y estado natural. Y debía producirle una molestia muy grande a mi salvaje, pues acabando de marcharse el doctor, antes de que yo saliera de la habitación, advertí una lágrima que resbalaba por la mejilla de ella, cruzando su fina piel de melocotón, y cayendo hacia el escote de la blusa, resbalando en la parte superior de su pecho izquierdo, esa gota temblorosa, por fin se perdió en la profundidad de su carnes.

Al dirigirme a la puerta, busqué las llaves para cerrar la puerta de esta improvisada celda, pero las había olvidado sobre un buró al lado de la cama de mi bella huésped, al voltear a buscarlas, ya Lidia se secaba las lágrimas y una sonrisa maligna asomaba por sus grueso labios, tenía entre sus dedos las llaves... yo reaccioné e intenté corre para salir de inmediato, pero por mi gordura ella se desplazó más rápidamente, y de un puntapié cerró la pesada puerta de madera, demostrando una vez mas su gran fuerza. Recargó su gran cadera en el picaporte, y después usó la llave para encerrarme junto con ella, sonreía muy pícara, como divirtiéndose con el terror que tenía yo en la cara, me angustiaba la idea de que no sería capaz de vencer la brutalidad de esta belleza salvaje. Las manchas mojadas de su blusa se habían extendido ya bastante, y casi en su totalidad el frente de la prenda se pegaba a su piel, y se transparentaban las aureolas rosadas y sus pezones, grandes, soberbios y firmes.

Guardó las llaves en una de las bolsas de su larguísimo faldón, y se fue aproximando hacia donde estaba yo arrinconado, me temblaban las piernas del miedo, ya veía sus puños sobre mi cara, y su bello rostro volvió a mostrar una mueca de molestia, rascándose los senos, repentinamente su cara se iluminó como cuando una gran idea aparece en la mente, lanzó sus manos a mi chaqueta y sujetándome bruscamente me arrojó sobre la cama, la cual crujió macabramente bajo mi monstruoso peso, y punto seguido, Lidia prácticamente voló encima de mí, aprisionándome con sus piernas. Agitada por el esfuerzo de haber movido una masa corpulenta como la mía, con ambas manos rompió su blusa y liberó dos globos titánicos, dignos de una escena de un gran desbordamiento, me miró y despectivamente me habló de forma ruda

 “Anda idiota, ahora me vas a ayudar, ¡¡chupa anda, chupa!!”, y su pezón me rozó la mejilla, buscando mi boca, dejando un rastro de tibio líquido, sorprendido no reaccionaba, a lo que ella se exasperó y gritó:

 “¡Mira pedazo de cerdo, si no chupas con toda tu fuerza te voy a golpear tanto que no saldrás caminando!”, ante su amenaza, no tuve mas remedio que atrapar con boca esta teta increíble, y succionar, salió la leche, con un sabor un poco agrio, pero resultaba exquisito, con mis dos manos sostenía el melón más grande que jamás se halla visto en mujer alguna, hasta recordé cuando mis peones ordeñaban a las vacas del establillo junto a las caballerizas.

De reojo pude darme cuenta de que Lidia cerraba sus ojos con un gesto de alivio y satisfacción, sus dolores estaban desapareciendo, conforme su pecho se vaciaba al mismo tiempo que yo mamaba, el sudor de su cuerpo escurría por sus tetas y se mezclaba con la leche que bebía, dándole un gusto algo salado, ya me sentía satisfecho, pero no parecía que ese caudal lácteo fuese a terminarse pronto, mi estómago ya se había llenado, y comenzaba a dolerme, ella me pegaba con su puño en la cabeza para que siguiera con la succión, su pecho se apretaba contra mi cara y a veces casi me ahogaba, ya no podía más, me estaba usando como un recipiente donde podría descargar sus tremendos senos. Parecía un tormento de la inquisición, en el que a los presos se les ponía un embudo en la boca, para llenarlos de agua hasta que reventaran, pero en este caso eran litros de leche los que me inundaban... ya había terminado, ya no salía más de su pezón, rojo por la irritación que mis labios le habían dado, suspiré profundamente, e intenté levantarme, a lo que mi captora sonriendo maliciosamente agregó:

“¿A dónde piensas ir pedazo de zoquete?... te falta el pecho izquierdo”.

Dos horas después, tambaleándome, salí casi medio muerto de ese cuarto de torturas, mientras Lidia, recargada en el umbral, me lanzó un tierno beso. Sentía que estaba a punto de estallar, que mi cuerpo era un globo abotagado, y tenía la sensación que iba a comenzar a salirme la leche por los oídos, por la nariz, si iba al baño seguramente un chorro de leche en lugar de orina aparecería, los ojos los tenía casi salidos, las mejillas de pronto se me llenaban de la leche que mi estómago sacaba hacía arriba, pero no podía vomitar, babeaba abundantemente, estaba prácticamente seguro que haría una gran explosión si hacía un poco de esfuerzo, el que fuese, y la verdad es que no deseaba morir aún.

Los dos días siguientes, no pude comer absolutamente nada, había sido tanto lo que bebí, que no me dio hambre, y tuve que hacer un gran esfuerzo para salir a despachar los pendientes de las ventas. No había visto en ese lapso a esa terrible chica, que se aprovechaba de la debilidad de otros para desahogar sus... sus penas. Transcurrieron otros dos días para que la volviera a ver, pero algo había cambiado, ya no estaba malhumorada, hasta tarareaba una cancioncilla, su blusa ya no estaba mojada, y ayudaba a mi anciana sirvienta a algunas de las labores de la hacienda, era algo sorprendente, y a la distancia me seguía lanzando besos, con una sonrisa que yo no podía catalogar si era dulce o siniestra.

La noche siguiente, al pasar por su habitación, abrió la puerta y dijo:

“Miguel, por favor ven rápido”, con cierta desconfianza, por su amabilidad, entré al cuarto, y Lidia me llevó a una silla que se hallaba en uno de los extremos.

Ya sentado, la chica se despojó de la chalina que le cubría los hombros y el torso, y tenía puesta una blusa azul, con un gran escote que apretaba sus melones rosados y que parecían a punto de salirse por encima del borde, rematado con dos exagerados botones en la parte superior...

 “Miguel, mira que la he cosido yo misma”, y le respondí que su labor era muy buena.

La muchacha reía de buena gana, y de pronto desabrochó los dos botones de la blusa, y el cuadro de tela cayó, ambas tetas saltaron hacia el frente, rebotando por el repentino impulso, otra vez infladas a su máxima capacidad.

“Mira chico que esta vez sea por las buenas, ¡¡anda chupa!!”.

Y en la silla de nueva cuenta se sentó encima de mi. Y después de mi terapia pectoral, regrese casi a rastras, completamente atiborrado y salpicado de leche, prácticamente molido llegué penosamente a mis aposentos.

La terrible chica diseñó inverosímil cantidad y variedad de prendas, todas destinadas a liberar de manera rápida y sorprendente sus bellos pero a la vez monstruosos pechos que nunca paraban de manar litros y litros de néctar blanco, broches, botones, listones, todos ellos adaptados para que ella apretara mi cara entre sus senos. Era una especie de maquinaria que repentinamente comenzó a ser algo placentera, el espectáculo de ese par de montañas descomunales hacía que sufriera unas erecciones de proporciones épicas. Incluso en la oficina donde despachaba los encargos de ventas y giraba las instrucciones a mis peones, hubo escenas increíbles: al estar firmando una autorización para la compra de tres mulas nuevas, sentí unas intensas cosquillas en mi oreja izquierda, “Una mosca quizá” pensé, pero el pequeño mozo que esperaba la hoja firmada tenía una expresión de terror, y asustado giré poco a poco la cara, y lo que acariciaba momentos antes mi lóbulo no era una mosca, era un endurecido y erecto pezón, que me apuntaba directamente como un cañón. Con un desparpajo inaudito, Lidia miró con fiereza al mozo, tomó la nota firmada y se la arrojó al niño,

 “Anda lárgate mocoso, estorbas aquí”, al tiempo que me rodeaba, colocándose detrás de mi, recargando sus pesados pechos en mi cabeza... en menos de tres segundos había desaparecido mi joven ayudante. Nada la detenía ya, ni la intimidaba la presencia de mis empleados.

“Mira mi niño, es hora de que te alimentes, prueba lo que te traje”... efectivamente, me llevó dos poderosas razones de gran peso y volumen para que las vaciara.

No tenía tiempo de reponerme, esto sucedía por lo general cada cuatro días, pero los lapsos comenzaron a acortarse, de pronto era cada tercer día, luego dos, y finalmente los incidentes era pan (más bien leche) de todos los días. No era necesario que yo comiera, sus descargas eran suficientes para no ingerir otra cosa, lo sorprendente del caso, es que comencé a bajar de peso, sorpresivamente perdía kilos, y mi ropa comenzaba a quedarme holgada, mientras mi sirvienta se aburría en la cocina, sin preparar desde hacía varios meses ningún platillo para mi mesa, ya las cacerolas estaban repletas de telarañas y uno que otro ratoncillo. De todas formas seguía con la extraña sensación de reventar cada vez que la bella Lidia tenía la imperiosa necesidad de aliviar sus odres de la pesada carga que se alojaba en ellos cada vez con mayor frecuencia, al parecer el remedio fue peor, sus pechos no solo no dejaron de hacer leche, sino que incrementaron su capacidad. Lidia por su parte necesitaba consumir más alimentos, su cuerpo esbelto transformaba casi todo lo que consumía en más lactosa, la cual por supuesto yo debía tragar.

Claro que debía agradecerle, mi gordura fue desapareciendo, y la actividad derivada de las ocupaciones de la hacienda y de las ventas me proporcionaban un buen ejercicio, mi cuerpo comenzó a tomar una buena forma... y además se sumó otro tipo de ejercicio. La noche llegó, y una luna llena brillante iluminaba intensamente el patio de la hacienda, recorrí el pasillo que conducía a las caballerizas, y de pronto un gran tirón me jaló al interior de una de las estancias de forraje... era Lidia, ya imaginaba lo que a continuación tenía que hacer, por lo que me dispuse a ser yo mismo el que le desabrocharía su ajustada blusa, cosa que hice en un santiamén, un brochecito estratégicamente colocado al frente era suficiente para que sus tetas salieran disparadas, rebotando pesadamente hacia delante y atrás ante su fuerza, incluso hacían un sonido especialmente sensual al golpearse entre ellas. Lidia acababa de cumplir los 19, y yo 20 años, y ya todo era diferente, mi complexión más delgado, ella bronceada por el sol inclemente de estas regiones... volviendo a la acción, me asió por el cuello y comenzó a besarme, de manera delicada, la boca, el cuello, las orejas, por supuesto que al acercarse y abrazarme, también rodearon mi cuerpo ese par de balones ahora con un ligero color dorado... y lentamente dejó caer su faldón, estaba completamente desnuda, imponente, su figura parecía forjada en el crisol de las tentaciones, soltó su largo cabello, azabache, perfumado, sus muslos firmes, durísimos, los músculos de su vientre se marcaban al vaivén de sus movimientos, mis manos se deslizaron hasta las redondas nalgas, un verdadero prodigio de la naturaleza, tersas como un durazno, las caderas de Lidia estaban creadas para ser sujetadas como las asas de una olla. Con movimientos ágiles esta mujer me desnudaba, y en una maniobra imprevista, me arrodillé ante su vientre, mordisqueándole su ombligo, tan cerrado como una rendija, jugando con las contracciones que se veían en su estómago, ella reía:

“Caramba que me haces cosquillas Miguel”.

Mis manos se movían de su vientre a las nalgas, de las nalgas hacia las piernas, a su coño casi lampiño... una gota de leche se aproximaba lentamente a su ombligo, Lidia había presionado un poco un pecho, y un hilillo de su preciada y abundante leche bajaba por la gran curvatura inferior del pecho, y haciendo un sendero sinuoso hasta concentrarse en una gota mayor a un lado del citado ombliguito, dejé que siguiera acumulándose una gota de tamaño regular, que de pronto descendió hasta el monte de venus, alojándose entre los labios vulvares de Lidia, entonces la hora de la cena había llegado... Mi lengua feroz se abalanzó como en un combate sobre su linda vagina, chupando, entrando a su dulce hendidura, tocando suavemente su clítoris hinchado, fluía su interior a la par de la excitación de Lidia, que acariciaba mis cabellos y alternadamente presionaba más mi cara contra su entrepierna, la hice girar y ahora devoraba sus esféricas nalgas, mi nariz exploraba la depresión naciente de aquel trasero monumental, ella comenzó a inclinarse, y se apoyó en una puertecilla de los depósitos del forraje, mi pene estaba punto máximo de una increíble erección, me levanté, y tomé su cadera, haciendo presión y penetrando hasta donde más me fue posible, estrecha, me apretaba en su interior, la respiración de los dos fue perdiendo su ritmo, a diferencia de los movimientos que ejecutábamos coordinadamente, era una fábula de placer, sudábamos a chorros, y Lidia se tiró de improviso hacia atrás, con lo que perdí equilibrio y caí a su vez, esto hizo que la penetración experimentara una sensación más intensa, aunque me sacó el aire de los pulmones, ya en el suelo, ella giró sobre mi sin sacar mi pene de su vagina, y ese roce provocó un intenso placer en ella, y chorreó abundantemente líquidos vaginales sobre mi vientre, con una cadencia mas apretada, Lidia se quejaba, pero de placer, su boca abierta y sus ojos entrecerrados, sus contracciones internas eran una demostración de su satisfacción, no dejaba de moverse rítmicamente, y sus tetas se balaceaban, chocaban, se agitaban adquiriendo un color rojo intenso, podía percibir la sensación de sus labios vaginales completamente hinchados, y eyaculé, era una explosión, me elevé, mi cuerpo se aflojaba, un zumbido en mis oídos apareció, me extendí como un gato, todas las sensaciones se habían elevado a la décima potencia, mientras Lidia se acariciaba el vientre y se lamía los dedos de la mano derecha. Se safó de mi, y se tiró a mi lado, abrazándome, y yo le besaba sus labios, exhausto, enseguida hablamos de nosotros, de los juegos de niños, de las travesuras, ella me contaba de sus clases en una escuela de monjas, de los severos castigos a los que las alumnas era sometidas por faltas mínimas, era una noche inolvidable, sin darnos cuenta, nos quedamos dormidos.

Amanecí en mi habitación, ¿me habrían llevado los mozos?, mhh, extenuado, me revolví entre las sábanas, e hizo su aparición triunfal mi Lidia, vestida como una de las sirvientas, de negro y un mandil blanco con encajes, la muy canalla se había desabrochado el escote hasta la cintura, sosteniendo una charola de plata... con el desayuno: uno de sus generosos pechos reposaban en la pulida superficie de la charola, con un reflejo más que tentador, la aureola se hallaban cubierta con una capa de miel, que comenzaba a resbalarse. “¿Quiere el señor el desayuno en la cama?, antes de que se enfríe”, y la miel desapareció en dos por tres.

Lidia nunca dejó de ser imperiosa, y yo cumplía sus caprichos a la hora que fuera, en el lugar que fuera también. Su mal carácter con los demás seguía inmutable, una vez que mi bella compañera salió con mi sirvienta a comprar tela para sus diseños de prendas, el gobernador del poblado, que era un viejo verde y con aires de conquistador, se atrevió a acariciarle una nalga, el bofetón que recibió retumbó por toda la calle principal del pueblo, y los sorprendidos transeúntes corrían para ponerse a resguardo de la furia de esa chica salvaje que era Lidia, nunca más nadie trató de propasarse.

Vivimos felices, aun no planeamos matrimonio ni hijos, pero ha surgido una leyenda en este pueblo: “La tremenda vaca del joven Miguel”.
 
 

Dark Saber
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