Mi vecina Carmen
Por Rigodón
 
Mi mujer y yo cambiamos nuestra residencia al poco tiempo. Debido a mi trabajo, nos trasladaron a otro pueblo, dentro de la misma provincia, pero algo retirado de donde vivíamos. A mi vecina Carmen no le gustó mucho la idea, después de lo que pasó en la primera historia que conté, y que podéis leer cuando queráis, ya que está publicada en esta misma página, con fecha de mediados de Mayo, titulada "La mujer del vecino".

Al principio a mi tampoco me hizo mucha gracia separarme de mi vecina, con el morbo que me daba, y más ahora que estaba llegando el verano y se empezaba a poner vestidos cortos para estar por casa. Me acuerdo de un día que llevaba puesto un vestido vaquero, que se abrochaba entero por delante con botones de presión. Como el vestido estaba ya algo usado, cada vez que se sentaba o hacía algún movimiento brusco, se le saltaba alguno de los botones, y hasta que ella se daba cuenta, transcurrían unos minutos en que yo me deleitaba mirándole las bragas, o a veces, el sujetador, cuando se le desabrochaba el botón de arriba. Casi siempre se le abría el botón de abajo cuando se sentaba, lo que hacía que la raja del vestido delantera, le llegara más arriba, y yo no podía mirar a otro sitio más que a sus bragas que cubrían su entrepierna.

Desde que pasó lo de la primera historia que conté, nunca más volvimos a hablar de aquello, y seguimos viviendo como si nada hubiera pasado. Pero yo nunca podré olvidar aquello, y cada día mi vecina me da más morbo. Muchas veces subía a su piso a ayudarle con el ordenador, y al salir a la escalera siempre me entretenía un poco, el tiempo justo para dejarla que subiera unos escalones por delante mía, y yo sin cortarme un pelo, y aprovechando que ella subía mirando hacia adelante, me agachaba descaradamente para ver su culo bajo su vestido, tapado por unas bragas blancas lisas, sin ningún tipo de encaje, salvo en la parte de la cintura donde llevaban bordadas la marca: "Princesa". Me volvían loco aquellas piernas gruesas y aquel culo enhiesto, con uno de los filos de las bragas escondido entre los dos cachetes de su trasero.

El caso es que ya hacía un par de semanas que mi mujer y yo estábamos en nuestro nuevo domicilio. Nos entendimos perfectamente con nuestros nuevos compañeros y nos iba bastante bien. Pero muchas veces, me acordaba de mi vecina Carmen, y no podía evitar un escalofrío de placer por todo mi cuerpo, al recordar su morboso cuerpo de mujer casada, sus gruesas pero excitantes piernas, su hermoso culo, sus anchas caderas, su estrecha cintura, su delgado tronco y su pequeño pecho, con aquellos pezones tan grandes y oscuros como nunca había visto. Que pena, ahora que llegaba el verano, y la mayoría de los días no se ponía sujetador; porque yo se lo notaba, ya que cuando se ponía alguna camiseta de tirantes, y por lo que fuera se agachaba, podía entrever alguna de sus tetas.

Entonces fue cuando recordé que una vez, el marido de Carmen me comentó, que el segundo fin de semana de julio, tenía que ir a Guadalajara, a una despedida de soltero con unos viejos amigos. Me acuerdo que me lo comentó, porque fue motivo de discusión con su mujer, ya que ella no quería que él fuera a ese tipo de fiestas, aunque supiera que no iba a pasar nada. Así tuve una idea que, sólo de pensarla, provocó una intensa erección en mi. Cómo mi mujer se iba aquel día a casa de su madre, a pasar una semana, ya que la habían operado y tenía que cuidarla, se me ocurrió que podría darle una sorpresa a mi vecina, presentándome en su casa el sábado por la tarde, con la excusa de hacerles una visita a ella y a su marido, y fingiendo que yo no sabía nada sobre la despedida de soltero, y que esperaba encontrar a su marido, Antonio, también allí.

Hasta el sábado estuve dudando si realizar mi plan o no. Al final me decidí, cogí mi coche y me fui para el pueblo de Carmen. Mientras conducía, me acordaba de aquel día que salimos los cuatro juntos, y llevaba una falda de color gris que le llegaba por las rodillas, muy ajustada a la altura de sus caderas. Recordaba como se movía su culo apretado en aquella falda, al andar, pero no se le marcaban las bragas. Me estuve toda la tarde preguntando si las llevaría puestas o no. Recordé como una de las veces, se agachó a coger las llaves del coche que se le habían caído, y entonces fue cuando se le marcó a través de la falda el pequeño tanga que llevaba puesto. No pude evitar imaginarme ese culo tan grande, tapado con un minúsculo tanga, blanco y liso, sin ningún tipo de encaje, que ella solía usar de vez en cuando. La erección no se hizo esperar.

Llegué a su piso pasadas las nueve de la noche, muy excitado por el viaje que hice, recordando pequeños fragmentos de situaciones que habíamos vivido juntos. Llamé al portero, y a los pocos segundos, la voz de Carmen sonó por el altavoz, preguntando quien era.

- Soy Juanjo, Carmen. ¿Me puedes abrir?

- ¡Juanjo, que sorpresa, sube, sube! - dijo ella.

Abrió la puerta y subí por mis antiguas escaleras. Cuando llegué al descansillo, su puerta estaba abierta, y Carmen estaba esperándome con una sonrisa en la cara. Llevaba puesta una camiseta blanca y un pantalón corto de color gris.

- ¡Hola Juanjo!, ¿cuánto tiempo hace que no te veo?. Os fuisteis hace dos semanas, pero el tiempo ha pasado muy despacio sin vosotros. ¡Con lo bien que nos lo pasábamos!.

Nos dimos dos besos, y pasé a su cuarto de estar.

- ¿Has venido sólo?- me preguntó ella al no ver a mi mujer conmigo.

- Sí, es que Mari se ha ido unos días a cuidar de su madre que la han operado. Y como yo estaba sólo, pues me he dicho, voy a visitar a estos dos, a ver que se cuentan - le dije de manera muy convincente.

- Pues me parece que no va a poder ser. Mi Antonio se ha ido este fin de semana a Guadalajara a una despedida de soltero, y no vuelve hasta el lunes, así que yo también estoy sola.

- Vaya, yo que tenía pensado invitaros a los dos a cenar esta noche. Pues es una pena, que después de los kilómetros que he hecho esta tarde, me tenga que ir sin ver a Antonio.

- No te preocupes si no están ellos, ya nos las apañaremos nosotros dos. En lugar de invitar tu, te invitaré yo a ti a cenar. Aquí mismo, no hace falta que salgamos. Prepararé un poco de carne en salsa y algunos aperitivos, y así me cuentas como os va por allí. ¿Vale?.

- Bueno, me parece bien. - dije, intentando disimular mi euforia, al saber que iba a estar cenando con ella a solas, sin que nadie nos molestara, pudiendo decirle lo que yo quisiera, pudiendo insinuarme,...

Le ayudé a preparar la cena y a poner la mesa, que ella decoró con dos velas rojas y un estrecho jarrón transparente con una rosa roja. Hablamos de mi nuevo trabajo, y a veces, cuando ella se agachaba para coger la mantelería o alguna otra cosa, el pantalón corto se le subía de tal manera que dejaba al descubierto la parte alta de sus piernas, justo por donde ya empiezan los cachetes de su culo, y a veces, podía ver fugazmente parte de sus bragas blancas inmaculadas.

Cuando faltaba poco para la cena, me dijo que se iba a cambiar, para ponerse guapa. Yo mientras terminé de poner la mesa. Pasé varias veces por la puerta de su dormitorio, ya que pillaba de paso para ir a la cocina, pero la puerta estaba cerrada.

A los pocos minutos salió. Llevaba un vestido de tirantes estampado en color rosa y blanco que le llegaba hasta las rodillas y terminaba en volante. El escote era generoso, y le hacía el pecho más grande de lo que lo tenía. Llevaba unos zapatos de sandalia blancos con tacón, y noté que se había puesto unas finas medias de color carne, que hacían más bellas sus piernas. Cuando se acercó a mi, vi que el escote era más grande de lo que parecía. Con lo más mínimo que se inclinaba, ya se le veía el sujetador blanco y sin encajes que llevaba. También observé que tenía un lunar entre las dos tetas, cosa que no había apreciado antes.

Nos sentamos a la mesa. Había una pequeña lámpara encendida, y las dos velas, lo que daba una luz muy íntima. Comimos, reímos y bebimos. Había sacado una botella de vino tinto, y no tardamos mucho en apurarla. Cuando se levantaba y se iba a la cocina a traer más pan, o más vino, o cualquier otra cosa, yo no podía evitar mirarla de arriba abajo, de espaldas, su hermoso culo apretado por lo estrecho del vestido, moviendose insinuante.

Terminamos de cenar y le ayudé a recoger los platos. Se inclinaba hacia la mesa para limpiarla y dejaba a la vista todo su escote, sus dos tetas metidas dentro de un sujetador blanco, que las realzaban más, y le hacía un canalillo entre los dos pechos que antes no había tenido. Llevé los platos al fregadero, y para pasar entre ella y el frigorífico, como estaba un poco justo el paso, la agarré por la cintura desde atrás ligeramente para apartarla un poco, y noté bajo el vestido el elástico de los panty, lo que me hizo imaginármela desnuda, llevando tan sólo puestos aquellos panty y se me aceleró el corazón.

Me senté en el sofá y ella sirvió dos copas de pacharán para hacer la digestión. Carmen se sentó a mi lado, cogió su copa y reclinándose un poco hacia atrás, cruzó sus piernas y el vestido se le subió un poco por encima de sus rodillas. Hablábamos y nos gastábamos bromas sin parar, debido al exceso de alcohol que nuestro cuerpo iba teniendo. Ella sin darse cuenta, descruzaba y volvía a cruzar las piernas, lo que hacía que su vestido se subiera cada vez más. Cuando ella se daba cuenta de ésto, se daba un pequeño tirón de él y se lo volvía a bajar hasta las rodillas. Pero en un momento dado, se levantó y puso unas rumbas en la minicadena. Empezó a bailar delante mío, moviendo su caderas en pequeños circulos, movimiento que resultaba ser muy sensual. Se cogía el vestido, y se lo remangaba hasta medio muslo, a modo de bata de cola, y bailaba y bailaba. Se agitaba el vestido con tanta fuerza, que una de las veces le volví a ver las bragas debajo de aquellos finos panty que llevaba puestos. Como ésto me excitó, me levanté y comencé a bailar con ella.

La agarré por la cintura y comenzó a agitarse entre mis brazos. Se daba la vuelta y sin querer frotaba con su culo el bulto que en mi pantalón se empezaba a formar a la altura de la entrepierna. Sus tetas saltaban como si se hubiesen escapado del sujetador. Entonces yo me fui para la minicadena y cambie el tipo de música.

- Esta cena se merece un buen baile lento - le dije.

Cogí un compact que tenía de bandas sonoras, y puse la canción de Titanic, interpretada por Celine Dion. La cogí de la mano y me la acerqué hasta que nuestros cuerpos toparon el uno con el otro. Bailamos muy lentos y muy pegados. Ninguno decíamos nada. Yo notaba su respiración profunda, debido al cansancio del baile anterior, y sus tetas se clavaban en mi pecho cada vez que tomaba aire. La tenía agarrada por la cintura y ella tenía los brazos cruzados detrás de mi nunca, y su cabeza pegada en mi hombro. Le acaricié la espalda muy despacio y muy suave, y noté perfectamente el cierre de su sujetador a través del vestido, y al bajar la mano, el elástico de los panty y el de las bragas un poco más abajo. Aventuré mi mano muy despacio un poco más y la puse sobre su culo. Ella no dijo nada. Al ver que ella no me lo impedía, seguí bajando y acaricié la parte trasera de sus muslos hasta donde alcanzaban mis brazos. Cogí su vestido y se lo alcé, metiendo mi mano por debajo de él, y al volver a subir, iba acariciando aquellas finas medias que llevaba puestas hasta que volví a llegar a su hermoso culo. Se lo manosee bastante. Ella me seguía dejando. Al parecer le gustaba, ya que su respiración cada vez se hacía más profunda. Subí la mano más, y con ella el vestido, que, por detrás, ya le llegaba a la cintura, según podía ver en un espejo que había detrás de ella. La imagen que reflejaba éste era fantástica. Las piernas desnudas de Carmen por la parte de atrás, desde la cintura hasta los talones. Su gran culo, sus hermosos muslos, sus pantorrillas y sus tobillos.

Subí la mano un poco más y la metí entre su piel y el elástico de sus panty; y fui bajando otra vez, por entre las cachas de su gran trasero, por encima de las bragas. Llegué hasta la entrepierna por la parte de atrás, y noté como tenía las bragas allí empapadas y muy calientes.

- Deberíamos terminar la noche haciendo el amor, ¿no crees? - me dijo ella, apenas con un susurro.

Mi verga estaba muy tiesa, y me encantó que dijera eso, porque estaba deseando de metersela hasta el fondo, y hacerla disfrutar.

Se separó un poco de mi y me dijo: - Voy a ponerme atractiva para ti y cuando yo te llame vienes a mi dormitorio, ¿vale?.

- No tardes, porque no voy a poder aguantar -, le dije yo.

Me senté en el sofá y me terminé mi copa de pacharán. A mi mente volvió el recuerdo de la imagen del espejo. Ella, de espaldas, con el vestido subido hasta la cintura y las largas y macizas piernas, vestidas con las finísimas medias moviéndose al compás de la música. Me quité la camisa y los zapatos y me quedé tan solo en vaqueros. Esa noche la iba a disfrutar bien, nadie nos molestaría, y poseer a la mujer de mi vecino, era algo que no dejaba que mi polla volviera a su estado flácido.

En ese momento, una voz lasciva me pidió que fuera al dormitorio. Cuando fui, ella llegaba también a él, procedente de la cocina, donde había sacado del frigorífico, una botella de champagne y dos copas. La imagen era espectacular. Llevaba un camisón largo blanco, entero de encaje, abrochado tan solo por un corchete a la altura del pecho, y abierto por delante desde aquí hasta los pies. Era muy escotado, y llevaba prácticamente las tetas al aire, tapando lo justo para que no se le viera el pezón, pero que se le intuía bajo la tela del camisón. Los tirantes eran finísimos y debido a la gran abertura delatera, llevaba al aire la barriga, mostrando su precioso ombligo, así como un tanga que llevaba debajo, con las tiras muy finas, y semitransparente, que negreaba allí donde estaba el vello púbico. Al entrar primera en la habitación, la pude contemplar de espaldas. El camisón por detrás era escotado, hasta media espalda y bajaba recto hasta los tobillos. Se le veía claramente el culo a través del encaje, por el que pasaba la finísima tira del tanga. El conjunto estaba rematado con unas zapatillas blancas, con plumas en la parte del empeine. Estaba verdaderamente maravillosa.

Puso las dos copas sobre la mesita y me dio la botella para que la abriera. Al descorche acompañó un sonido seco, y una emanación de un poco champagne de la botella, cuyo cuello Carmen cogió y se lo puso sobre el pecho, llenándose de espuma el escote.

- Dentro de poco en lugar de la botella será tu polla lo que yo tenga en la mano echándome en el pecho tu leche blanca, como si fuera el champagne.- y seguidamente se mojó dos dedos en el pecho y se los llevó a la boca, chupándolos profúndamente mientras me miraba directamente a los ojos.

Llené las dos copas y dejé la botella sobre la mesita de noche. Le di a Carmen una, que estaba de rodillas sobre la cama y dijo: - Vamos a brindar por esta noche, en la que me vas a follar hasta que se haga de día. -

A cada palabra que decía me ponía más cachondo, y yo no podía más. Bebimos un trago y yo me senté en la cama para poder besarla en la boca. Nuestras lenguas se enredaron en un profundo beso, mientras ella, con la mano libre, desabrochaba los botones de mi bragueta y me bajaba los pantalones. Una de mis manos la llevé a su teta derecha, por encima del camisón, y la apreté con suavidad. La acaricié circularmente, hasta que llegué al pezón, el cual pellizqué sin llegar a hacerle daño.

En ese momento, ella desabrochó el corchete que tenía entre sus pechos, que era lo único que unía el camisón por su parte delantera y se bajó un tirante, dejando al descubierto una preciosa teta, con pezones oscuros. Cogió la copa de champagne, y metió la teta dentro, de manera que cuando la sacó, esta chorreaba vino por el pezón, el cual yo me apresuré a chupar. Me gustaba el sabor del champagne en su teta. Repitió la operación, esta vez apretando su teta fuertemente contra la copa, de manera que el champagne se salía y manchaba la cama. Yo volví a chupar.

Le bajé el otro tirante, y el camisón cayó sobre la cama. Ella quedó desnuda, tan solo con el pequeño tanga blanco puesto. Yo me quité los calzoncillos, y quedé con mi polla enhiesta apuntando hacia ella. Carmen, alargó su mano y me cogió los huevos, los masajeó y los estrujó un poco entre sus dedos, mientras que con la otra mano no soltaba la botella de champagne.

Se tumbó boca arriba y separó las piernas cuanto pudo. El tanga apenas tapaba nada en aquella posición, dejando su almeja al aire, que ya estaba muy colorada y palpitante. De un tirón se lo arranqué, rompiendolo y quedó así desnuda del todo, con su escaso vello púbico en la parte alta de su raja, pero con los labios totalmente rasurados. Giró la botella y se dejó caer el champagne encima de sus tetas, de su ombligo y se lo llevó a su coño. Con los dedos de una mano separó bien los labios y vertió champagne en toda su raja. Yo procedí a chupar por el orden que ella había marcado, comencé por las tetas, bajé por el ombligo y llegué hasta el coño. Y fue allí donde lamí a gusto. Su flujo vaginal se mezclaba con el champagne y aquello me excitaba bastante, lo que hacía que chupara con más intensidad y que ella gimiera más y más fuerte.

En una ocasión, cuando estábamos su marido, ella, mi mujer y yo en un bar, hablando sobre el tema nos comentó que ella haciendo el amor gritaba mucho, y pude comprobarlo de nuevo esta vez. Gemía y se retorcía, la botella cayó sobre la cama, y ella agarró mi nuca y hacía tal fuerza sobre mi cabeza, que casi no me dejaba respirar, atrapado en su coño.

Por fin se corrió, en un espectacular gemido. Acto seguido se levantó, cogió lo que quedaba en la botella y me lo vertió sobre mi polla dura. Yo me había puesto de pie, y ella se agachó delante mía. Se tragó mi verga hasta los huevos, noté como mi capullo llegaba hasta su garganta. El placer era máximo. Empezó a sacarsela y a metersela de la boca rápidamente y me frotaba con sus labios desde la base del pene hasta la punta del capullo, a la vez que con su lengua lamía la punta y con su mano me hacía una paja.

- ¡ No aguanto más Carmen, me voy a correr! - grité como pude. Ella se la sacó de la boca y comenzó a frotarla con la mano sobre su pecho. Mi polla estalló y le llenó las tetas de semen.

- Mira, como el champagne. Te lo dije. - gritó ella eufórica por la gran corrida. Pero no dio más tregua, volvió a metersela en la boca y a chuparla como solo ella sabe. Mi erección no bajó.

- Túmbate Juanjo, deja tu polla tiesa hacia arriba -. Le hice caso, ella se montó a horcajadas sobre mi y agarró el miembro con su mano, para después introducirlo en su coño, el cual estaba muy dilatado y mojado y por lo tanto, mi pene resbalaba hacia dentro con mucha facilidad.

- ¿Te gusta como te lo hago? - me preguntó.

- Eres maravillosa, sigue así.

Se la sacó y se puso a cuatro patas sobre la cama. - Métemela por el coño, lo más profunda que puedas -. Se la clavé hasta que mis huevos daban en sus nalgas. La sacaba y la metía hasta el fondo, y su orgasmo no se hizo esperar. Se corrió otra vez. Pero ella quería más. Yo la volteé y la puse mirando boca arriba, le separé las piernas cuanto pude y admiré aquella preciosa estampa. Mi vecina, tumbada en su cama de matrimonio, donde más de una vez habría hecho el amor con su marido, con sus macizas piernas abiertas, los labios del coño separados, los restos de champagne y sudor que se mezclaban por todo su cuerpo, toda para mi. Sin interrupciones, sin prisas, toda la noche para nosotros.

- ¡Vamos, métemela y correte dentro!¡ Lléname de leche el coño, Juanjo! - me apremió ella. No lo dudé más, se la metí tan a fondo, que su grito fue desgarrador. Creí que le había hecho daño, pero pronto me di cuenta de que estaba disfrutando como una loca, y que le encantaba las sacudidas pélvicas que le daba, cada vez con más brío y más energía, hasta que no pude más y llené de leche su coño. Aún así, después de la eyaculación, todavía me duró un buen rato la erección, por lo que seguí clavándosela hasta que no pudimos más y caímos tendidos en la cama, mojados en sudor, champagne y jugos de nuestros cuerpos. Unos chorreones de mi semen, se le salían de su almeja y se escurrían hasta su culo. Ella los recogío con sus dedos y se los metió en la boca.

- Umm, que buena está tu leche. Vamos a descansar un rato, y volveremos a seguir. Todavía queda mucha noche por delante, y quiero que ahora te corras dentro de mi boca. Quiero beber tu semen.

- Desde luego que sí. No sabes lo que te he deseado desde que te conozco. Como para no aprovechar estas ocasiones.

Y estuvimos toda la noche follando. Hasta que se hizo de día. Estuve el resto de la mañana y de la tarde con ella, en su casa. Comí con ella, y en la siesta, volvimos a hacer el amor. Incluso en cierto momento llamó su marido por teléfono, y estuvo hablando con él mientras tenía mi polla dentro de su coño. A veces se le escapaba un gemido, y yo me imaginaba la cara que estaría poniendo su marido. La verdad es que gocé mucho de su mujer ese día y ella disfrutó bastante conmigo. Aseguró que hacía tiempo que no la follaban tan bien. Me alegro Carmen, es un placer satisfacerte cuando quieras.

Rigodón
 
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