Seducción oscura
Por Monique vs Old Green
 
Esta es una historia de la que no estoy arrepentida, ni lo estaré jamás. Me llamo Jessi. Lo demás no importa. Sólo lo que pasó en aquel pub...con él.
Suelo frecuentar un pub medio gótico medio heavy, en el cual me encuentro con todos mis amigos, la gente ya me conoce y hay muy buen rollo.

Aquel día yo vestía unos tejanos negros, cortados por debajo de la rodillas y rotos en sitios muy  estratégicos, una camiseta con algunos agujeros, mis deportivas, mi eterno maquillaje negro, tanto en labios como en ojos y el pelo negro suelto.

Hacía rato que me aburría un poco, ya que era un día de diario y no había demasiada gente. Pedí mi última birra, mientras una canción de Blind Guardian se metía por mis oídos. Estaba decidida a marcharme, cuando entró un chaval bastante joven. Seguramente no estaría acostumbrado a ese ambiente, porque miró alrededor suyo con curiosidad. Vestía unos tejanos desgastados y una camiseta aun más vieja (heredada seguramente de su hermano mayor) de los Scorpions. Se sentó a mi lado en la barra, y debido a mi aspecto, me observó con interés.

- ¿Es la primera vez que vienes aquí?- pregunté, bebiendo de mi mediana.

- Sí, y mola...- me respondió, con cierto nerviosismo.

- Ya...- hice un gesto a Jorge, el chico de la barra. Este se acercó, sonriente.- Oye, ponle una de los Scorpions al chaval...que es nuevo.- Jorge asintió y se alejó.

- Gracias, pero apenas he escuchado a los Scorpions.

- ¿Y porque llevas una camiseta suya?

- Bueno, es que...- se interrumpió. En eso la puerta del pub se abrió y un hombre de unos cuarenta años entró con la furia de un huracán. Sus ojos buscaban algo en la oscuridad. De pronto se fijó en el chaval y se dirigió a él. Al llegar a su altura lo agarró del brazo.

- ¡Te he dicho que no entraras aquí!- gritó.

- Pero, papá ...yo no...- Pensaba que se lo comía, al pobre, así que decidí intervenir.

- Oiga, no ralle, déjele en paz, que no ha hecho nada malo. Ni siquiera ha bebido.

- Usted no se meta.- su contestación me resultó tan obvia que decidí aprovecharme de mi aspecto. Adelanté mi rostro un poco y me vio el maquillaje, lo que le dejó desconcertado.

Soltó el brazo del muchacho y se echó un poco hacia atrás. Me levanté.

- ¿Porque no viene conmigo?- le dije, mientras con la mano le invitaba a seguirme hacia la diminuta pista de baile. Hice un gesto a Jorge, que enseguida entendió.

- Aquí no somos tan malos- concluí.

Aproveché para fijarme en su aspecto general. Llevaba una camisa blanca abrochada hasta el último botón y unos pantalones oscuros de vestir. En su cuello colgaba una cruz, que personalmente, me hubiera gustado más invertida. Iba pulcramente peinado, y en su mano brillaba una alianza como una incitación a deshonrar su significado. Una oscura y perversa canción de David Bowie flotaba en el ambiente. Mi cuerpo empezó a moverse al ritmo de aquella música, lo cual constituía una perfecta invitación a la lujuria.

Imagino que aquel hombre debía llevar un buen tiempo sin echar un polvo decente, y modestia aparte, tanto mi cuerpo como mi cara eran pura tentación. Los salidos son tan fáciles de dominar...y su mirada fija en mí rebelaba claramente su necesidad...ja.ja.ja...

Antes de acompañarme a la pista le dijo a su hijo que le esperase fuera, en el coche, entregándole las llaves.

Con cierta prepotencia me siguió a la pista. En su resolución se adivinaba unas ciertas ganas de darme una lección. Pobrecito.

- Qué se habrá creído la mocosa ésta- pensé mientras veía a mi hijo salir del local y con determinación me acercaba a aquella representante del género femenino cuyo negro maquillaje me provocaba una extraña atracción. Por cierto, mi nombre es Luis.

Intenté mantener la serenidad y poco a poco me fui aproximando a su cimbreante cuerpo que, porqué no reconocerlo, era muy apetecible. Siempre me ha gustado bailar y no me costó adaptar mis movimientos a los de aquella seguidora de Marilyn Manson. No sabía quién era ese extraño personaje pero conocía su careto de verlo en algún dominical de El País. Aquel mamarracho andrógino con maquillaje de película de terror barata.
No sé si fueron las contorsiones ridículas que hice al son de aquella música, por el olor a porro que había en aquel local, o por ambas cosas, el caso es que comencé a sentirme mareado. Tras dar un par de traspiés, aquella chica me ayudó a llegar hasta el pasillo que franqueaba el acceso a los lavabos. Me dejé llevar como un autómata, pues mi cabeza giraba sin cesar. Con paso resuelto me condujo hasta una de las cabinas del baño de las chicas y de un empujón me introdujo dentro. Mareado me senté sobre la sucia taza del WC.

Cerró la puerta tras de sí y sin mediar palabra se sentó a horcajadas sobre mis piernas. Me tomó la cabeza con ambas manos y me besó a conciencia. Era el beso más lascivo y excitante que me habían dado nunca. Su lengua jugaba dentro de mi boca y me gustaba. Me estaba volviendo loco...mi mujer...mis hijos...mi educación católica...mis creencias...pero aquel beso me gustaba...cómo me gustaba...

Pero aquello era pecado. Con todas las fuerzas que pude reunir luché por apartarla de mí... su atractivo cuerpo... aquellos ojos turbadores... sus pechos que rozaban contra el mío... sus besos de hechicera... pero me gustaba... cómo me gustaba...

De un violento tirón me arrancó los botones de la camisa dejando al descubierto mi agitado pecho. Se sacó la camiseta... Yo no quería mirar sus pechos... pero mis ojos no obedecían... Con un nudo en el estómago alargué mis dedos hasta rozar uno de sus erectos pezones. Tomándome por la nuca me atrajo hacia ella hasta colocar mis labios a la altura de aquel delicioso manjar...

Me encantaba verlo retorcerse bajo la atracción que ejercía sobre él. Lo dominaba completamente, y toda su estúpida moralidad se estaba esfumando como mi ropa. Antes de que se arrepintiera, lo apreté contra mis pechos, casi obligándole a que me los chupara. Pero no hizo falta, porque su lengua ya los estaba explorando, dándome un gustazo enorme...

Trazaba círculos alrededor de mis duros pezones, mordisqueándomelos un poco. Me arqueé ligeramente y pude observar que sus manos estaban quietas. Agarré una y me la llevé a mi entrepierna. Todo él estaba algo rígido. Con su mano me empecé a pajear furiosamente. Pronto su mano se movía sola, de arriba a abajo, haciendo que me mojara. Me desabrochó los tejanos rotos y los tiró a un rincón. Ahora estaba delante suyo, solo con una braguitas rojas. Me arrodillé, y sin dejar de mirarle a los ojos, le desabroché el pantalón, y se la saqué.

- No...- susurro, y me enseñó su alianza. Me carcajeé maliciosamente, se la quité y la observé. Le di un beso (negro...) y la tiré lejos. Paseé mi lengua por su miembro con deliberada lentitud desde la base hasta la punta. Gimió.

- ¿Es que tu mujercita no te la chupa?- sin esperar su respuesta me la metí entera en la boca y seguí dándole lametones de variada intensidad, mordiéndole un poco la punta, masajeándole los huevos... Se lo chupaba como si fuera una golosina, sin dejar de mirarle. Su cara era un poema: una mezcla de perversidad y repulsión. Quería que se corriera, así que a la vez lo masturbé suavemente, cuando sentí que la leche subía, aumenté la intensidad de la paja y mis lamidas, y finalmente se corrió en mis tetas.
Me incorporé y lo miré. Recogí su leche con las manos y me las limpié en sus pantalones. Un pequeño recuerdo que descubriría su esposa cuando los lavara... Deslicé mis braguitas al suelo, descubriendo mi coño, cuidadosamente depilado. Él estaba hipnotizado. Levanté la pierna y la apoyé en la cisterna, al mismo tiempo que le agarraba con fuerza del cabello, obligándole a mirarme.

- Cómemelo, cabrón...- ordené, y bajé su cara a la altura de mi coño.
 

Lo primero que percibí fue el olor de su sexo... Pasé mi lengua por su pubis y los incipientes pelitos se clavaron en ella como pequeños alfileres. La introduje en su rajita buscando su clítoris...estaba dispuesto a que aquella niñata me suplicara. El sabor agridulce de sus jugos estimulaba mis sentidos. Me agaché un poco más para llegar con mis lametones hasta su culito. Mi lengua iba de un lado a otro deteniéndose golosa en su esfínter.
Me entretuve un buen rato succionando su clítoris enrojecido. Estaba convencido de que le gustaría un poco de dolor así que no escatimé alguna que otra caricia con mis dientes. Ella continuaba empujando mi cabeza contra su sexo mientras se movía rítmicamente facilitando mi trabajo. De pronto comenzó a incrementar el ritmo, se iba a correr así que yo también aceleré mis lametones. La muy guarra empezó a gritar sin recato. Aquello me excitó y me produjo la mayor erección que había tenido en los últimos años.

La tomé por detrás de las rodillas y la senté en la cisterna de aquel infecto retrete. Aún no habían cesado las convulsiones de su orgasmo. Separé sus piernas y se la introduje de un golpe de riñones para a continuación comenzar un violento mete y saca. Hubiera querido partirla en dos de tan excitado como estaba. Ninguno de los dos decía ya nada, sólo nuestros gemidos y la respiración agitada. Qué bien entraba y salía. Su sexo perfectamente lubricado se aferraba a mi miembro como una lasciva boquita glotona.

"Joder con el viejo", pensaba yo, mientras me follaba con fuerza. "Muy cristiano, mucha moralidad de mierda, y después jode a las mil maravillas. ¡Cabrón!". Eran los pocos pensamientos que se cruzaban por mi cabeza, porque estaba perdiendo poco a poco el mundo de vista.

Que gustazo... Lo miré. Tenía cerrados los ojos, y sus manos me empujaban de arriba a abajo con fuerza y precisión. Sonreí entre gemidos.
Presa de placer, comencé a arañarle todo el pecho con las uñas. Sentía su polla dentro, y también sentía que ambos nos íbamos a correr, así que acerqué mi cara a su cuello y se lo mordí. Emitió un gritito que me pareció delicioso y se corrió abundantemente dentro de mi.

Me abandoné cuando sentí su leche golpeando las paredes de mi coño, así que solté mis jugos en un orgasmo brutal y rápido.

Nos quedamos unos segundos juntos, esperando que nuestras respiraciones se tranquilizaran. Después empecé a vestirme. Él me observaba, sudoroso.

- ¿Te vas?- me preguntó con ojitos llorosos. Sonreí.

- Claro, tío. Ahí afuera hay un montón de melenas y pantalones apretados que me esperan, pollas jóvenes. ¿Crees que habiendo esos tíos buenos aquí follaré más contigo? Lo llevas claro.

- Pero yo...- ya vestida, me agaché y lo miré a los ojos.

- ¿Sabes? Polla dura no cree en Dios...- y salí del baño, tarareando una canción.

Es agradable saber que has dejado mella en alguien, aunque sea toda una vida de arrepentimiento y psicólogos...

Cuando salí de los retretes de aquel tugurio reparé en que vendían camisetas. Ella había desaparecido. Compré una de Marilyn Manson. Todavía me temblaban las piernas. Mi hijo me miró estupefacto cuando abrió la bolsa con la camiseta. Luego sonrió.
 
 

Por Monique vs Old Green
Volver al Indice de Monique
Volver al Indice de Old Green