Mi prima Olga
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Siempre recordaré con agrado aquellas tardes de estudio en casa de mis tíos, en verano. Sobre todo aquel verano que descubrí el sexo.

Solía ir los dos meses de vacaciones escolares a la casa de campo de mis tíos en un pueblecito de Cuenca. Y además de llevar siempre muchas ganas de jugar también solía llevar algún libro de estudios del estilo de “vacaciones Santillana”, ya que mi tío nos obligaba a mí y a mi prima a estudiar al menos una hora todos los días.

Yo por entonces tenía casi 14 años recién cumplidos y el inicio de la pubertad empezaba a notarse en mi cuerpo. Mi voz se había hecho más grave y experimentaba cambios en mi parte genital bastante importantes. Hacía poco tiempo que había empezado a masturbarme, siguiendo las habladurías de los chicos de mi clase, que parecían estar más espabilados en estas cuestiones. La cosa es que llegué ese verano al pueblo bastante caliente, por decirlo de algún modo.

En la casa del pueblo además de mi tío Paco, mi tía Ascensión y mi abuela María, estaba mi prima Olga. Esta era una hermosa y delicada criatura de apenas 13 años. Toda ella era una fragilidad y candidez extrema, al menos en apariencia. Era muy rubia y siempre tenía los colores subidos en sus lindas mejillas. Su forma de hablar era sosegada y siempre con voz de chiquilla. Hasta ese verano nunca me había fijado que mi dulce primita era un ruiseñor y una cría realmente hermosa que estaba empezando a convertirse en una mujercita.

El caso es que una de esas tardes de estudio yo estaba muy excitado. La razón había sido que, junto con otros amigos del pueblo, habíamos visto a la esposa del cartero cambiándose de ropa a través de la ventana del piso bajo de su casa. Era una mujer entrada ya casi en la cincuentena y entrada también en kilos. Pero con esta edad que nos poníamos nerviosos con cualquier falda, la visión de la mujer del cartero casi desnuda nos provocó unos gratos momentos. La verdad es que sólo nos fijamos en sus inmensos senos y los pezones enormes y sonrosados, producto de cuatro niños criados.

Al llegar a casa de mis tíos y tras comer no se me había pasado el calentón. Había sido la primera vez que veía una mujer casi desnuda y me había impresionado. Así que cuando me senté en la pequeña mesa con mi cuaderno de estudios y mi prima Olga se puso enfrente de mí, me fijé en ella por primera vez en mi vida como algo sexual. Deseché por principios éticos aquel pensamiento, sintiéndome culpable y enterré mi vista en los ejercicios. Un tren A sale de una estación en dirección B, al tiempo que el tren C parte dos minutos después en dirección....¡no podía evitarlo!. Los pequeños hombros descubiertos de mi prima me llamaron la atención poderosamente. Tan blancos y con alguna que otra peca...pero era tan diferente a la mujer del cartero, era una mujer todavía por hacer, pero tenía que reconocer que me atraía mucho más que la señora, aun cuando los pechos de Olga fueran en comparación minúsculos.

- ¿Qué estas mirando?.

Perplejo por el susto miré a Olga a sus hermosos ojos azules. Me había pillado.

- Nada...estaba pensando, nada más. - respondí intentando no darle importancia.

- ¿Y que piensas?.

- Nada que te importe. - dije bruscamente.

- ¿No será en la mujer del cartero?. - preguntó maliciosamente, al tiempo que clavaba sus acerados ojos en los míos.

Di un pequeño respingo en mi silla por la sorpresa. ¿Cómo se podía haber enterado de aquello?.

- Me lo ha dicho la hermana del “Piojo”, que se lo ha contado.

El “Piojo” era un chivato habitual, así que no me extrañó.
- ¿Y que te ha contado?. - Intenté interrogarla para ver si sólo era un farol.

- Me ha dicho que la habéis visto desnuda... ¿es verdad?.

Ahora Olga me miraba con curiosidad y se había adelantado bastante para poder hablar en susurros y con discreción. Llevaba un pequeño top algo infantil con un dibujo de un cervatillo. Pero por la pequeña abertura que dejaba entrever su escote pude vislumbrar parte de un pequeño pecho, muy blanco, aunque no pude divisar el pezón. Enseguida desvié la vista y la volví a mirar a esos maravillosos ojos que me empezaban a derretir.

- No puedo decírtelo, están tus padres cerca y como se enteren no te digo la que se puede armar. - me excusé y volví la vista a mi cuaderno, pero me era imposible pensar en algo más que en el escote de Olga.

- Si vamos a otro sitio más discreto ¿me lo contarás? - preguntó con el tono de voz aniñado que solía utilizar cuando se le antojaba algo.

Lo pensé un rato y le di una respuesta afirmativa. Mi prima podía ser muy insistente cuando quería.

Después de la hora de estudio nos marchamos a la caseta del río. Esta caseta había sido hacía años una especie de pequeño almacén para los pescadores de la zona. Pero ahora estaba en desuso por el paso del tiempo, y ya no era utilizado para nada. Olga solía ir a menudo a jugar con sus amigas. A mí me daba bastante asco, por el olor a rancio y la cantidad de trastos viejos que albergaba su interior. Pero era un sitio muy discreto.

Nos sentamos en el suelo, encima de un plástico que previamente Olga había sacado de un rincón.

- Bueno, cuéntamelo.

Con tono de resignación comencé a relatarle la visión de la mujer del cartero. Intentaba omitir ciertos detalles íntimos de su anatomía, pero Olga me regañaba y me obligaba a contarle todo sin guardarme nada.

- ¿Cómo eran sus tetas?. - preguntó llena de curiosidad.

- Pues muy grandes y colgonas. - respondí yo. Se me había pasado el pudor de hablar de estas cosas con mi prima y ahora estaba más a gusto. Incluso me empezaba a complacer el hablar de ello.

- ¿Te gustaron?.

- Pues al principio sí, pero luego al pensarlo mejor no creo que me gusten mucho, es que son tetas de madre. Me gustan más pequeñas.

- ¿Cómo las mías?. - preguntó ella pícaramente.

He de reconocer que la pregunta me sorprendió bastante. Y un atisbo de rubor se asomó a mis mejillas.

- Pero Olga, es que no se como son las tuyas. - respondí algo incómodo sin saber muy bien que decir ante tamaña pregunta.

- ¿Si te las enseño prometes hacer algo por mí?. - preguntó poniéndose de rodillas ante mí.

Como no sabía muy bien que decir me quedé callado. Ella insistió y entonces moví la cabeza afirmativamente, algo nervioso y algo excitado. Mi delicada prima estaba comportándose de una forma que no correspondía con ella.

Con movimientos lentos Olga se quitó el top de una forma tosca y torpe producto de su lógico nerviosismo. Yo estaba enfrente de ella, ligeramente echado hacia atrás y apoyado con un brazo en el suelo. Noté como la boca se me quedó seca por la tensión y abrí bastante los ojos por la expectación.

Olga se quitó el top y se quedó desnuda de la parte superior. Tenía los pechos pequeños, como dos cúpulas en ciernes, blancos, virginales y poco desarrollados en definitiva. Lo cual también era normal por su edad. Pero lo que me sorprendió fueron sus dos sonrosados pezones que estaban muy levantados y duros. Esto me produjo una erección increíble en cuestión de segundos, lo que me obligó a cambiar de postura para intentar ocultarlo.

- ¿Y bien?, ¿Qué te parecen?. - preguntó ella mirándome fijamente al tiempo que respiraba hondo para dar así algo más de volumen a su pecho.

Sólo pude decir una palabra.

- ¡Dios!.

Ella se sentó, pero al contrario de lo que pensaba, no trató de ponerse de nuevo el top, si no que se quedó con los pequeños pechos descubiertos. Y yo no podía apartar mi vista de ellos.

- Ahora te toca a ti. Tienes que enseñármela.

Yo sabía muy bien a lo que se refería, pero le pregunté que no sabía de que hablaba.

- Pues que va a ser. Enséñame tu cola. Nunca he visto ninguna y tengo curiosidad. Además me lo has prometido.

Mi erección no bajaba, lo que me tenía intranquilo.

- Verás Olga, es que como me has enseñado tus...tus tetas, pues yo...ahora no puedo enseñártela. - dije ruborizado y haciendo posturas para que ella no notase el notorio bulto que había en mis pantalones cortos.

- Da igual que la tengas crecida. Luisa me ha explicado que os crece cuando pensáis en guarrerías. Ella ha visto a su hermano. Venga, que si lo haces te prometo que me desnudo completamente.

Entonces al decir esto último si que mi erección creció hasta el límite, ya que sólo de pensar en que iba a ver a mi prima desnuda me hacía volar mi calenturienta imaginación. La presión de mi pene con el pantalón me empezaba a hacer daño y temía que Olga ante tal visión se asustase o le diera asco.

Sin más dilación me levanté y me empecé a desabrochar el pantalón. Olga se sorprendió del bulto que había y sus ojos azules se dilataron al máximo por la expectación.

En el momento de bajarme el pantalón, y después el calzoncillo mi pene salió disparado y se plantó totalmente erecto y firme ante la vista de Olga. El glande estaba completamente brillante y rojo, debido a la gran excitación que tenía. Olga se sorprendió gratamente, cosa que me relajó bastante.

- ¡Qué grande la tienes!, ¡La tienes hacia arriba!.

La pequeña estaba como eufórica o extasiada y no paraba de alabarme por mi miembro. Yo estaba ya tranquilo y le pedía a Olga que cumpliera su parte del trato, y ante mi asombro, esta no tardó mucho en hacerlo. Acto seguido se quitó sus pantalones cortos de deporte que llevaba y luego las inmaculadas braguitas blancas, dejando al descubierto una minúscula mata de vello púbico rubio que dejaba entrever perfectamente los rosados labios vaginales.

- Yo todavía tengo pocos pelitos, pero Luisa me ha enseñado los suyos y tiene ya muchos y negros. ¿A ti te gustan rubios?.

- Si. - fue lo único que atiné a decir.

Y allí nos quedamos unos segundos parados, viendo nuestros cuerpos mutuamente, descubriendo por primera vez como eran los cuerpos desnudos de un varón y una hembra. No había ya tensión, sólo una calma que sabíamos podía acabar de dos formas. O bien nos vestíamos y nos íbamos de allí, o intentábamos llevar un paso más lejos esta aventura.
Olga optó por lo segundo, ya que fue la primera en dar un paso.

- ¿Tu te tocas cuando la tienes así de grande?.

Me acerqué un paso hacia ella.

- Si, ¿quieres ver como?.

Ella hizo un gesto afirmativo y se sentó en el suelo. Sin darse cuenta abrió un poco las piernas dejando entrever un poco más su vagina. Yo le miré la entrepierna y ella se dio cuenta de ello. Automáticamente cerro las piernas, pero al instante volvió a abrirlas totalmente. Ahora si la veía perfectamente sus labios y su pequeño clítoris. Y le gustaba que la viera.

Mi mano derecha se aferró a mi pene enhiesto y comencé a frotarlo suavemente. Olga estaba visiblemente excitada también. Sus pezones estaban muy erectos y en algún momento se rozaba un dedo con ellos o bajaba tímidamente al clítoris, al tiempo que no dejaba de mirarme a los ojos o mi pene.

Empezamos los dos a jadear de gusto. Mi mano había cobrado más brío en su tarea y empezaba a notar que no tardaría en eyacular si iba así de rápido. Decidí hacer una pequeña pausa. Olga se extrañó.

- ¿Porqué paras?.

- Es que si sigo así de rápido voy a correrme.

Olga frunció el ceño extrañada.

- ¿Correrte?. ¿Qué es eso?.

- Pues verás, cuando un chico se toca así pues al final soltamos un líquido blanco.

Olga no pareció comprender muy bien esto, pero no le importó y siguió tocándose en el suelo tumbada. Esta vez ya no lo hacía fugazmente y ahora se tocaba el clítoris con bastante fogosidad. Mientras yo me mantenía quieto para relajarme un poco, ya que iba muy acelerado. Decidí sentarme igualmente en el suelo, a lo que quedó mi pene erecto mucho mejor a la vista de ella. En un momento dado Olga se me acercó muy excitada.

- Quiero tocártela yo. ¿Me dejas?. - preguntó sin apartar la vista de mi miembro.

- ¿Sabes cómo hacerlo?.

Ella me agarró el pene fuertemente y empezó a moverlo tal y como yo lo había hecho antes. Y lo hacía bastante bien.

El tener a mi prima masturbándome me llenaba de tal goce que me dejé llevar por el éxtasis erótico del momento. Y empecé a tocarle los pequeños pechos con delicadeza al principio y luego con más determinación, a lo que ella respondió con entrecortados jadeos placenteros. Sus pezones estaban muy duros y me atrajeron a chuparlos. Olga vio mis intenciones y al tiempo que seguía masturbándome se acercó más a mí para facilitarme mi tarea. Pasé mi lengua por sus enhiestos pezones rosados una y otra vez. En un alarde de pericia bajé mi mano izquierda hasta su entrepierna. Quería tocarle su sexo. Primero me dediqué a masajearle su zona púbica, pasando mi mano por su rubio vello. Luego me aventuré a su pequeña abertura vaginal y le introduje un dedo. Bajando algo más topé con el clítoris, a lo que ella dio un pequeño respingo de placer.

- Si, así...toca...toca.... - me decía una y otra vez casi al oído.

Una de las veces se acercó tanto a mi cara que la besé en la boca. Eso si que la sorprendió bastante, pero al momento me besó ella también. Noté como su dulce lengua se introducía tímidamente en mi boca y la exploraba con ardor al instante siguiente. También era la primera vez que besábamos a alguien.

Los jadeos de ambos se hacían más sonoros con la escalada de emociones. El calor nos hacía sudar bastante, pero seguíamos tocándonos cada vez con más pasión. Entonces es cuando no pude aguantar más y eyaculé.

Olga al ver que de mi pene empezaba a brotar un líquido blanco y espeso se paró en seco por la sorpresa.

- Sigue...no pares.

Ella continuó entonces masturbándome al tiempo que yo seguía eyaculando. Varias gotas de semen salpicaron el pecho de Olga que veía como en la mano que agarraba el miembro estaba bastante mojada por el líquido seminal.

- Está caliente... - dijo con una sonrisa plena mientras levantaba la mano y observaba el semen.

Y entonces hizo algo que todavía hoy en día me viene a la mente muchas veces cuando estoy muy excitado. Olga se llevó un dedo manchado de semen y se lo introdujo en su hermosa boca.

- Que espeso es.

- ¿Te gusta?, si quieres me puedes chupar más aquí. - sugerí agarrándome mi pene, medio fláccido.

Ella me mira el pene, con el glande cubierto de semen. Dudó un instante, pero yo empecé a tocarle de nuevo el clítoris y ella, casi automáticamente, se agachó de nuevo y se metió mi húmedo sexo en su boca.

El placer que experimente entonces creo yo que fue de los más álgidos de mi vida. El ver a mi pequeña prima introducirse mi pene con restos de semen en la boca era ya demasiado. Notaba como la chiquilla movía la lengua con avidez, pasándola de un lado a otro, y notando como tragaba el semen que recogía. Mi miembro empezó a ponerse erecto de nuevo y crecía a ojos vista en el interior de la boca de Olga. Esta se la sacó un momento para ver la fantástica transformación que había experimentado y, seguidamente, se lo volvió a introducir. Yo le insinué que se la metiera toda entera. Ella lo intentó pero se la sacó muy deprisa e hizo un amago de arcada.

- Toda no, que me dan arcadas. -me dijo recuperándose. - sólo la parte gorda. - dijo refiriéndose a mi glande.

Así permaneció un rato hasta que me dijo que me tocaba chuparle a ella su cosita.

Olga se tumbó y abrió bien las piernas. Yo me acomodé entre ellas y la verdad es que no supe muy bien por donde empezar. Allí estaba todo muy húmedo y me daba un poco de asco tener que chupar aquello. Así que me dediqué a besarla y lamerla por su parte del pequeño vello púbico. Sus pelitos rubios me hacían muchas cosquillas y me dedicaba a pasar mi cara por ellos. Olga me insinuó que lamiera más abajo y ante su insistencia accedí. Primero tanteé el terreno con el dedo índice y cuando llegué a su clítoris y ella brincó de placer me decidí a pasar mi lengua por allí. Entonces la chiquilla empezó a proferir unos jadeos muy impresionantes, estaba gozando de verdad.

Mi pene estaba otra vez muy erecto. Así que decidí probar suerte a ver si ella me dejaba introducírselo en la vagina. En un primer momento estuvo algo reticente, pero al notar mi pene como rozaba su zona vaginal accedió.

Debido a nuestra inexperiencia me costó bastante atinar. Llegamos a quedarnos parados esperando a ver si podía encontrar su agujero correcto, y al hacerlo de improviso noté como se deslizaba perfectamente dentro de ella, debido a lo lubrificado que estábamos los dos ya. Olga abrió la boca como para emitir un grito que nunca se produjo, y al instante cerró los ojos, sintiendo como mi pene la llenaba. Cuando vi que la cosa iba por buen camino empecé a moverme rítmicamente y ella alzó algo más sus piernas, haciendo la penetración más profunda. Cada vez el movimiento cobró más rapidez.

- Échame lo blanco ya...échamelo... - gemía mientras pedía que eyaculase dentro de ella.

Y no tardé en ver complacidos sus deseos. Los espasmos de la eyaculación me sacudieron intermitentemente. Con mi cabeza enterrada en su cuello terminé con un éxtasis final. Me eché a un lado al tiempo que sacaba mi pene. En la vagina de la chica salía un poco de semen y varias gotitas cayeron sobre sus rubios pelitos púbicos. Allí tendidos permanecimos unos minutos intentando recuperar el aliento y asimilar lo que había pasado en aquella caseta. Nos miramos fijamente y en esa mirada no hallamos nada que nos hiciera sentir culpables o algún tipo de vergüenza, sólo una pasión que había despertado. Sabíamos que después de aquello las cosas no iban a ser iguales entre nosotros. Olga me tomó la mano y la apretó fuertemente como dándome a entender que podía contar con ella de ahora en adelante.

A partir de ese momento mis encuentros con Olga fueron a más y según fuimos creciendo esa inicial pasión sexual fue derivando a un hermoso amor que nos llevó, años después, a casarnos y tener una vida en común llena de grandes momentos como este que les he relatado.

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