La mujer de mi tío
Por Rigodón
 
Soy un muchacho de veintitrés años, y desde hace tres años trabajo y vivo fuera de mi casa, en otra provincia. Me independicé muy joven. Aunque ahora vivo solo en un piso, y he de decir que estoy muy contento en él, ya que hago lo que quiero, como lo que quiero y salgo y entro a la hora que quiero, a veces recuerdo no sin cierta nostalgia mis últimos años en casa de mis padres. Pasé toda mi infancia allí y toda mi adolescencia. Es una casa con tres plantas. En la baja viven mis abuelos, en la primera planta un tío mio, hermano de mi padre, su mujer y sus dos hijas, y en la segunda planta viven mis padres y mis hermanos.

Me lo pasé muy bien viviendo con tanta gente y teniendo tanto sitio para jugar. Y al llegar a los once o doce años, también me fui interesando por ciertas personas de la casa que antes de niño ni me había fijado. Se puede decir que todos los que viven en mi casa son de mi sangre, menos una persona. La mujer de mi tío, que vive en la primera planta. Justo al empezar la pubertad, mis instintos sexuales empezaban a aflorar, y yo me empezaba a fijar en ella no como la mujer de mi tío, sino como una mujer que sin ella saberlo, me provocaba las primeras erecciones placenteras de mi vida.

La veía los sábados por la tarde, cuando salía con mi tío y mis primas a dar una vuelta, y empezaba a fijarme en sus vestidos, en sus piernas, en sus escotes. Ella a veces me miraba y yo rápidamente desviaba la vista hacia otro sitio. Empecé a esconderme en habitaciones para verla salir sin que ella me viera a mi, y así deleitarme más mirando su cuerpo.

Ella se llama Manoli, tiene treinta y siete años, es rubia y de cara agradable. Siempre suele ir maquillada y tiene un bonito cuerpo. Sus pechos son pequeños, pero su culo es grande, sus caderas anchas y sus muslos gruesos. Tiene unos dedos finos pero largos, al igual que sus uñas que también las lleva casi siempre pintadas de rojo. Para un muchacho de doce años, la verdad que es alguien muy apetecible. Por las noches imaginaba que la almohada era ella y así fue como descubrí mis primeras eyaculaciones. Mi cuerpo cada vez la deseaba más y más, y la mayoría de las fantasías que me imaginaba para acompañar mis masturbaciones, tenía como protagonista a Manoli.

Claro que yo era un muchacho muy tímido, y jamás era capaz de hablarle mucho y menos decirle lo que pensaba. Empezaba a obsesionarme con ella. Empezaba a seguirla y a espiarla cada vez más. Un día, bajando por las escaleras, vi a través de una ventana que daba a su terraza que ella estaba tomando el sol en bikini. La ventana tenía una persiana y yo espiaba a Manoli a través de las rejillas que aquella tenía. Mi pene se endurecía con solo mirar.

Sus sesiones de sol empezaron a ser frecuentes al principio de cada verano. Yo todos los años acudía a la cita para espiarla y ver su cuerpo dorandose al sol. Aunque cuando entrara el verano, la podría ver en bikini con toda libertad, ya que solíamos ir mis hermanos y mis padres con ella y con mi tío a la piscina, yo prefería verla así, sin que ella supiera que la estaban espiando, porque se desenvolvería de otra manera muy diferente.

Y así fue, en mis largas horas de espera, una de las veces se puso boca abajo para broncearse la espalda y se desabrochó el bikini. Permaneció así, con la espalda completamente al sol unos minutos. Al poco, se incorporó mínimamente para mirar el reloj que tenía en el suelo muy cerca suya, pero lo justo para que le pudiera ver sus pechos. Sus pezones eran grandes y muy oscuros, aunque sus senos fueran algo pequeños. Esa imagen me excitó muchísimo, y cuando ella terminó de tomar el sol y se metió dentro, yo tuve que ir al baño a masturbarme.

En esa obsesión mía por intentar espiarla cada vez más, encontré la manera de verla mientras se cambiaba en su dormitorio, ya que la ventana de éste daba al patio, donde teníamos muchos árboles, y yo permanecía escondido en ellos por la tarde cuando llegaba de trabajar y, ya en las primeras horas de la noche, encendía la luz de su cuarto y ella entraba, iba hasta el armario, lo abría y se empezaba a desnudar. Más que verla, casi que la imaginaba, porque tenía unas cortinas, que aunque eran muy finas, no me dejaban verla con toda nitidez. Pero yo me contentaba con eso.

Además descubrí, que los sábados por la tarde, cuando se hacía casi de noche, ella y mi tío se preparaban para salir, y yo, desde mi escondite, la veía como salía del cuarto de baño en lo que creo que era una toalla, se iba hacia el lado donde guardaba la ropa interior y se ponía sus bragas y su sujetador. Después iba al armario, y se enfundaba un vestido. Una vez llegado a este punto, yo ya sabía que desde ahí no iba a ver nada más, así que subía corriendo a mi casa, en la segunda planta, y me asomaba al balcón que daba a la calle. Permanecía allí unos minutos y al rato, mi tío sacaba el coche del garaje y lo ponía junto a la puerta de la casa. Manoli salía con mis primas y las montaba en la parte de atrás, y ella se subía en la parte del copiloto. Si tenía suerte y salía con falda o vestido, la mayoría de las veces podía verle las bragas al montarse en el coche. Incluso un día, ella antes de subirse al coche, miró hacia arriba, a donde yo estaba. Yo no me lo esperaba, y creo que hasta me puse colorado. Ella me sonrió y yo le dije adiós con la mano. No se si se imaginaría lo que yo hacía allí, pero no creo que le hubiera gustado.

Mi obsesión por ella iba en aumento, a la vez que mi edad. En otra ocasión quise ir más allá. Por la misma ventana que la espiaba en la terraza, descubrí que podía acceder a su vivienda. Esperé a que fueran las cinco de la tarde, cuando mi tío y ella se iban a trabajar y sin pensarmelo dos veces, salté la ventana y entré por su cocina. Me embargó el olor que había en su piso porque parecía que ella estuviera todavía allí. Caminé por el pasillo, las piernas me temblaban un poco pero era muy excitante. Llegué hasta su habitación y me fui hacia una de las mesitas de noche, que afortunadamente era la suya. Al abrir el cajón de arriba, pude ver una fantástica colección de bragas. Eran de todos los colores: blancas, rojas, negras, violetas,... Cogí algunas, las que me parecían más excitantes y las desdoblé. Me imaginaba el cuerpo de ella dentro de aquellas prendas. Las olía, las examinaba, y me masturbaba mirándolas. Abría el cajón de abajo, y allí tenía guardados los sujetadores. También de todos los colores y de todo tipo: con encaje, sin encaje, con tirantes, sin tirantes...

Mis incursiones a su piso, fueron haciendose más y más frecuentes. Estaba ansioso por que se fueran a trabajar para colarme dentro. Y cada vez mis objetivos iban más allá. Miraba también en la cesta de la ropa sucia, y muchos días tenía allí bragas que ella había usado y que todavía no había lavado. Esas eran las que más me gustaba oler y examinar. Miraba también los cajones de su armario, y encontré varios camisones y otro tipo de lencería como bodies y corpiños. Uno de esos body era blanco, entero de encaje. Me sorprendió que se abrochara a la altura de la entrepierna, ya que a esa edad desconocía aquella prenda, y tenía un escote hasta más o menos lo que sería el ombligo, cerrado tan sólo con lazos de seda que se podían desanudar. Me la imaginé con eso puesto y mi pene se salía de los pantalones.

Un día también encontré en el cajón de las bragas, un minúsculo tanga de color marrón. Era muy pequeño, y tenía unas tiras muy finas. Pensé que debía de gustarle ponerse muy sexy cada vez que fuera a hacer el amor con mi tío. También encontré su liga de novia. Ésto sí que ma causó sensación, ya que creía que era una prenda que sólo se utilizaba en las películas eróticas.

Pero cuando mejor me lo pasaba era cuando mi tío y ella se iban de vacaciones en verano. Yo entraba a su piso con plena impunidad, y vestía a la almohada de su cama de matrimonio con su ropa interior y sus vestidos y me imaginaba que era ella, y me la tiraba encima de la cama, mirándome en los numerosos espejos que tenía en el dormitorio.

La verdad es que tengo que admitir que ha sido mi musa durante toda mi adolescencia, y me ha servido de mucho para conocer mi cuerpo. Fuí creciendo y saliendo con algunas chicas, perdí mi virginidad, y lógicamente, estas experiencias fueron mejores. Pero recuerdo con mucho cariño mis masturbaciones en su casa y con su ropa interior. Incluso mientras hacía el amor con alguna chica, en el momento del orgasmo, he pensado en ella, me la he imaginado con esos bodies, con esos tangas, con las medias de red que le vi una vez; y mis eyaculaciones han sido mejores.

En una ocasión, tuve unos días libres en el trabajo y decidí pasarlos en mi casa con mi familia. Cuando llegué, saludé a mi abuela que estaba abajo y me dijo que mis padres habían salido a comprar y que todavía no habían vuelto. Le dije que subiría a mi casa a dejar las maletas y a cambiarme. Conforme subía las escaleras, escuché como se abría la puerta del piso de Manoli. Miré y ella salió para saludarme. Me quedé de piedra cuando la vi. Llevaba puesta una bata de seda rosa que le llegaba hasta los tobillos, y como no la llevaba abrochada, puede ver que dentro llevaba puesto un camisón a juego, también de seda rosa, pero que le llegaba hasta la mitad de los muslos. Recordé que ese conjunto también lo había usado para mis masturbaciones en cierta ocasión y deduje que como eran las nueve y media de la mañana, no haría mucho que se habría levantado de la cama.

- Hola José, ¿cómo estás?.¿Has venido temprano, no? - me dijo ella.

- Sí, salí a las siete de la mañana - le dije mientras le daba dos besos en la cara.

- ¿Y qué?.¿Cómo te va?. Pasa y cuéntame. - Entré en su piso y ella cerró la puerta. Estaba sola ya que ella sólo trabajaba por las tardes, y mi tío por las tardes y por las mañanas.

- ¿Cómo están las primas? - le pregunté yo.

- Bien, ahora están en la escuela, ya entran a las nueve y tienen que madrugar. ¿Has desayunado? -

- No, ahora subía a mi casa a tomar algo. -

- Pues tus padres no están. Si quieres te puedes quedar conmigo. Yo tampoco he desayunado. -, me dijo.

Me pareció una idea estupenda. Hacía muchos años que la conocía y creo que era la primera vez que me quedaba solo en su casa con ella.

- ¿Te has levantado ahora?- le pregunté.

- Sí, mira como estoy, todavía no me he vestido.

- No te preocupes, estás muy guapa. -

Mientras se calentaba la leche, los dos hablábamos y yo no podía evitar mirar los dos puntitos que sobresalían de su camisón a la altura de su pecho. Sus piernas seguían siendo fantásticas. Y sus caderas me enloquecían.

- ¿Puedo usar tu baño? -, le pregunté.

- Sí, está algo revuelto pero ahora mismo lo recojo.

- No te preocupes, sólo quiero mear. - Fui al baño y vi que había ropa por el suelo. Sin duda se había duchado la noche anterior, porque pude reconocer unas bragas suyas tiradas en el suelo junto a la bañera. Oriné y no me quise ir sin antes tocar su ropa interior. La cogí y la olí, y evoqué los recuerdos más calientes de mi adolescencia.

Cuando volví a la cocina el desayuno estaba preparado. Lo tomamos juntos y al terminar, ella me pidió que le contara cosas de mi nueva vida, mientras hacía las faenas de la casa, ya que mis padres no estaban y me iba a aburrir solo.

Accedí gustoso, y hablamos mientras ella fregaba los cacharros del desayuno y barría la cocina. Poco a poco fuimos llegando a su dormitorio. Allí hizo la cama y recogió la habitación. Hablamos un buen rato, hasta que por fin pasó al cuarto de baño que estaba al lado, y quiso terminar la charla.

- Esto está un poco revuelto pero después lo recogeré. Es que me tengo que quitar el vello de las piernas un poco con la maquinilla. - , me dijo, como invitándome a dejarla ya sola, para que prosiguiera con sus labores. Pero yo, más astuto que ella, le respondí con el mismo argumento con el que me había invitado a hacerle un poco de compañía.

- No te preocupes, depílate tranquila, yo esperaré aquí contigo un poco más a que vengan mis padres. -, le dije, como quitándole importancia al hecho de que yo la viera depilarse.

Ella dudó un poco, pero al momento accedió a seguir su tarea. Seguimos hablando mientras ella enchufó la maquinilla y se sentó en la tapa del water, poniendo sus piernas sobre el bidé y pasándose aquella una y otra vez.

No sé de que hablábamos. Yo solo miraba sus piernas y de paso, su escote que se ahuecaba un poco, dejando entrever un pecho. Empecé a sudar. Un escalofrío recorría mi cuerpo e iba a parar a la punta de mi pene, que cada vez estaba más gordo en mi pantalón. De pronto, ella pasó de la parte baja de las piernas al muslo, se subió un poco más el camisón rosa y comenzó a pasarse la maquinilla cada vez más arriba. Con la otra mano, se metió el camisón entre las piernas y lo apretó para que no se le viera nada, mientras dejó más al descubierto su pierna, para darse por la parte alta del muslo. Hacía ya un rato que estaba callada. Sin duda le daba vergüenza que yo la mirara, y no se atrevía a decirme que me fuera. Pero yo intentaba darle naturalidad a la situación y de pronto le dije:

- ¿También te afeitas el vello de la entrepierna?

Ella se puso colorada y sonriendome me dijo:

- Eso ahora cuando llegue más el verano, para los bañadores, como todas las mujeres -

- ¿Pero con esa maquinilla?

- No, ahí me doy con una cuchilla.

- Uff, que zona más delicada para una cuchilla. Ya entiendo por qué por la parte de los labios no te das.

Ella, sorprendida, me miró y me dijo: - ¿Por qué dices eso?

- No, por nada, porque todos los veranos, cuando estas con el bikini tirada en el césped de la piscina, al separar un poco las piernas se te ve un poco de vello salir del bañador, justo a la altura de tus labios. -

- Vaya, en que cosas te fijas, ¿no?. -, me dijo, creo que algo molesta.

- Lo siento, pero no puedo evitar fijarme en ti. Me pasa desde que era muy pequeño.

Manoli estaba sorprendida por lo que le estaba contando. No se esperaba de ninguna manera aquella confidencia.

- Tengo que reconocerte que te espiado desde todos los puntos posibles y que te he visto desde hace mucho tiempo, todas las partes del cuerpo que tu escondes. -

-¿Eso como puede ser? -, me dijo mientras me miraba fijamente. Decidí arriesgarme a contárselo todo. Lo único que podía pasar era que se enfadara y me echara.

- Verás, el pecho te lo vi varias veces mientras tomabas el sol en la terraza, el vello de la entrepierna te lo vi una vez que te estabas cambiando y fuiste a bajar la persiana de tu dormitorio cuando llevabas unas bragas de encaje blanco, mientras yo estaba abajo en el patio. Con esas mismas bragas fueron con las que otra vez te vi el culo, cuando saliste a recoger la ropa del balcón con tan solo una camiseta, creyendo que no había nadie debajo y yo estaba escondido y al tu entrar de nuevo en tu dormitorio y agacharte para pasar, la camiseta se te subió, y desde abajo pude contemplar tu culo a través de esas bragas. Así que prácticamente se puede decir que te he visto desnuda. -

- ¡Bueno, eso si que no me lo esperaba yo. Así que espía! , ¿eh?. -

- Espero que no te haya molestado lo que te he dicho. -

- No, al contrario, me alaga que yo te guste. -, me dijo y continuó con su depilación.

- Además, me he colado aquí de pequeño más de una vez para ver el tipo de ropa interior que usas. -

Paró de nuevo la maquinilla y me miró sorprendida. - ¿Cómo dices?. No me lo puedo creer. ¿Para tanto es la cosa, hijo? . Bueno y qué, ¿te gusta mi ropa interior? -.

- Mucho. ¿Todavía tienes ese body blanco y aquél tanga marrón tan pequeño? -.

- Sí, entre otras muchas cosas. Me gusta mucho la lencería de mujer. -

- Y a mi también. Debes estar muy guapa con todo eso puesto. Y a mi tío seguro que le tienes que poner a cien-. Mientras comentábamos ésto, ella se depilaba ya sin ningún rubor. Se estaba pasando la maquinilla por la cara interior de los muslos, y se estaba abriendo de piernas cada vez más. Estaba empezando a perder la vergüenza, y noté que aquella situación le excitaba, ya que pude observar como empezaban a mojarse sus bragas.

- ¿Ahora usas bragas sin encaje?,- le pregunté.

- No, uso de todo tipo, lo que pasa es que ahora llevo puestas estas que no tienen encaje. -, me decía, mientras que con una mano se estiraba la piel del muslo para pasar mejor la maquinilla, y al hacer esto, le salían algunos vellos de su sexo fuera del elástico de las bragas.

- De siempre me has excitado Manoli, y esta imagen que estoy viendo ahora creo que es la mejor de mi vida. -

Ella paró la maquinilla, me miró y sonrió. - Ésta seguro que te gustará más -, y diciendo ésto, abrió más sus piernas y con una mano echó a un lado sus bragas pudiendo dejar al aire todo su sexo, sus labios vaginales, mojados ya por la evidente excitación.

Yo no puede más y me arrodillé delante de ella para comerle toda su conchita. Pero ella cerró las piernas y se puso de pie.

- No, José, esto debe quedarse aquí. Te he enseñado mi coño porque creí que te gustaría, pero no podemos seguir. Compréndelo.

- No Manoli, ahora no podemos parar. Reconoce que estás excitada. Tienes el coño empapado. Dejame que te lo haga una sola vez, sería el sueño de mi vida. Nadie se va a enterar.

Dudó un poco, pero al cabo reconoció que yo también la excitaba y que me deseaba con toda su alma.

- Me da morbo la idea de follar contigo José. Que Dios me perdone pero no lo puedo evitar. Espera en el salón a que yo te llame, me pondré lo que tu quieras. -

- ¡Sorpréndeme!-, le dije. Me fui al salón y esperé a que me llamara. Recé para que nada fallara, que no viniera mi tío, ni nadie llamara a la puerta. Quería disfrutar esa media hora a tope.

A los pocos minutos me llamó y me dijo que fuera a su dormitorio.

Cuando llegué, estaba de pie junto a la cama con las manos en jarra. Llevaba puesto un corpiño negro, de seda, que le apretaba mucho el pecho. Al corpiño iban unidas, mediante cuatro tiras que formaban un liguero, un par de medias negras de red, que le llegaban a medio muslo. Y entre el corpiño y las medias, tapando su sexo, llevaba un tanga negro, muy fino.

Yo me quité la camisa y el pantalón, y fui rápidamente a abrazarla. La besé en los labios, se había maquillado un poco. Ella abrió su boca y metió su lengua dentro de mi boca. Mi erección se hizo evidente.

- ¿Te gusto? -, me dijo mientras se separaba de mi y daba una vuelta sobre sí misma. Por detrás pude ver su gran culo, con un estrecho tanga que se escondía entre los dos cachetes.

- Mucho. Túmbate y abrete de piernas. -. Me obedeció, y al separar las piernas, pude ver que el tanga tan solo tapaba su raja, dejando al aire todo el vello que tenía alrededor de sus labios. Me agaché delante de ella y le quité el tanga. Ella separó su coño con sus manos y me dijo que se lo comiera hasta que se corriera de gusto. No me la imaginaba diciendo estas cosas, así que me excitó todavía más. Empecé a comerselo, muy despacio al principio, hasta que le metí la lengua dentro, y se la comencé a pasar desde el culo hasta el clítoris.

Ella gemía y gemía, y volcaba en mi boca todos sus jugos vaginales, que yo me bebía muy gustosamente. Comencé a meterle el dedo mientras le chupaba el clítoris, y sus gritos se hicieron mayores. Le temblaban las piernas, que encerraban mi cabeza y en uno de esos espasmos se corrió.

Me levanté y me bajé los calzoncillos. Mi polla estaba ya muy tiesa. Ella tenía una cara de deseo y de viciosa que nunca le había visto, y se incorporó y me tiró a la cama. Yo me senté junto al borde de ésta, y ella se puso en cuclillas delante mía. Agarró mi polla con su mano y se la metió en la boca. Me la chupó muy, muy despacio, mientras ella se acariciaba su sexo con la otra mano. Yo le agarraba la cabeza, le revolvía su pelo rubio, metía mi mano por su corpiño acariciando su espalda, y la pasaba hacia delante para acariciar su pecho. En ese preciso momento, justo cuando toqué su pezón tan duro, no pude aguantarme más y me corrí en su boca. Ella, al darse cuenta, empezó a tragar mi semen y a chuparmela cada vea más rápido.

Me corrí muy pronto debido a mi juventud, pero gracias a esta misma razón, como no paró de chuparmela, se me volvió a poner dura. Cuando ella notó que yo la volvía a tener erecta, se la sacó de la boca y se puso a horcajadas sobre mi. Separó sus labios vaginales y se la metió muy adentro. Gritó de placer y comenzó a saltar encima mía. Yo le acariciaba sus gruesos muslos, cubiertos por aquellas medias de red que tanto me excitaban. Ella gemía y jadeaba como una perra, cada vez más rápido.

Cogí el corpiño por sus tirantes y lo bajé hasta la cintura, quedando sus pechos al aire. Tenía unas tetas pequeñas, que saltaban al compás de sus embestidas, y unos pezones muy grandes, negros y duros..

- Te los quiero comer -, le dije.

Y ella, se agachó sobre mi cabeza para permitirme llegar a sus tetas. Mordí sus pezones con ansia, y noté que ella aceleraba más el ritmo. Mi polla entraba una y otra vez en su coño, y ella no pudo más.

- ¡ Ah, ah, ah ,ah, así, uff, que bien!. ¡Como me gusta, José!.¡ Uff, me voy a volver a correeeeer! -, y al morderle el otro pezón fue cuando le vino el orgasmo. Noté como su coño prensaba mi polla, mientras yo bajé rápidamente uno de mis dedos hasta su culo y se lo metí. El grito que dio fue sobrenatural. Aceleró el ritmo de las embestidas hasta lo impensable, la cama golpeaba contra la pared, la lámpara se movía. Yo miraba a todos los espejos y veía como se meneaba aquella hembra de treinta y siete años sobre mi.

Cuando se le pasaron los efectos de su orgasmo, me confesó que no la penetraban por el culo desde su adolescencia, porque a mi tío no le gustaba, y me pidió que se lo hiciera.

Accedí, y ella se incorporó. Liberó mi polla y se puso a cuatro patas sobre la cama y frente al espejo del armario. Yo me puse detrás de ella y metí mis dedos en su coño, y unté su culo con sus líquidos. Puse la cabeza de mi verga en la entrada del ano, y fui apretando poco a poco. Ella me decía que le metiera más, que no le dolía. Le hice caso y de un golpe seco, se la metí hasta que mis huevos tocaron su coño. Ella se retorcía. Compenetramos el movimiento y nos acoplamos perfectamente. Mis sacudidas eran enérgicas. Desde aquella posición le cogía las tetas, se las masajeaba, bajaba un dedo a su coño y se lo metía.

- ¡ Ahhh, que placer, sigue así. Me encanta, José. Te deseo! -.

- ¡ Me encanta tu culo Manoli, estás buenísima. Creo que no voy a poder aguantar más! -, le grité mirando su cara en el espejo que tenía delante.

Ella me miró con cara de viciosa y me dijo:

- ¡ Lléname el culo de semen, José!.¡ Dame tu leche caliente! -.

No tardé ni un segundo más en correrme. La pringué entera, mientras seguía dandole por el culo. La cogí por el pelo, se lo tiré como si de unas riendas se tratara, clavé mi polla al máximo. Y caí sobre su espalda agotado, sudando, jadeando.

- Me ha encantado, José. Nunca había probado el morbo que daba follar con otro que no fuera mi marido. Lo repetiremos. Seguro-.

Y me quedé en aquella posición, besándola hasta que mi polla se puso flácida y se salió sola del culo de Manoli. Me di cuenta, que ni siquiera habíamos deshecho la cama, y el edredón estaba manchado con mi semen que se salía también del culo de ella. Pero le daba igual, estaba como en una nube, se quedó atontada media hora más. Igual que yo, que me acordé de cuando me masturbaba en esa misma habitación pensando en follarmela como me la acababa de follar.

Manoli y yo seguimos acostándonos juntos cada vez que voy a mi pueblo y nos vemos. Cada vez lo hacemos de forma diferente y en sitios insospechados, y eso es lo que a ella más le excita. Me dice que con mi tío, tan solo hace la postura del misionero, y que desde que me ha probado a mi, tiene que fingir los orgasmos con él. Así que, nos hemos convertido en amantes.
 

Rigodón
 
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