En casa con el médico
 

Me llamo Vanessa y soy una A.T.S. de 22 años. Hace un mes empecé a visitar una casa donde vive un matrimonio sin hijos; ella tiene 42 años y él 25 más. El marido sufre una enfermedad circulatoria que le obliga a estar en la cama y necesita diariamente que le pongan inyecciones de insulina.

Por eso, la mujer llamó a la clínica pidiendo una enfermera que la ayudara en casa a atender a su marido. Y desde entonces, yo todas las mañanas voy allí a prestar mis servicios de practicante y a hacerle un breve chequeo al señor.

En estas visitas, he terminado haciéndome muy amiga de Doña Cristina, la esposa del enfermo. A pesar del estado de su marido y de su edad, ella se siente muy joven y marchosa. Después de que termino con su marido, me invita a desayunar con ella y hablamos de mil cosas, encerradas en la cocina. Hemos tomado tanta confianza que, a veces, incluso hemos hablado de sexo y de nuestras vidas íntimas.

Desde el principio, yo sospechaba que ella debía de estar bastante aburrida e insatisfecha en ese sentido, puesto que Don Pablo era muy mayor y estaba postrado en una cama. Sin embargo, ella me contó que él le había enseñado de todo sobre el sexo, antes de que cayera enfermo, y que aún hoy seguían disfrutando, aunque por supuesto no era como entonces.

Desde que me lo contó, empecé a fijarme y muchos días, al pinchar a Don Pablo, descubría manchas de semen esparcidas por la sábana. También reparé en un pequeño armario de espejos que había en la habitación y despertó mi curiosidad. Así, un día, mientras Don Pablo todavía permanecía de espaldas después de la inyección, abrí la puerta del armario ligeramente y encontré ropa de cuero femenina muy provocativa, consoladores y otros artilugios.

Algunas veces, mientras volvía en el autobús a la clínica, me ponía muy cachonda pensando en qué podrían hacer Doña Cristina y su marido por las noches. Sentía algo de envidia por el hecho de que ellos pudieran disfrutar regularmente del sexo. Yo no tenía novio desde que lo dejé con el último y, aunque de vez en cuando follaba con algún amigo que me gusta o algún chico que me ligaba en la discoteca, echaba de menos el dormir con un tío sin prisas ni despedidas.

Imaginaba a Doña Cristina vestida con aquella ropa y los zapatos de tacón de aguja que solía usar y, tengo que confesar, me excitaba mucho, porque Doña Cristina era una mujer madura muy atractiva, con un cuerpo lleno de curvas y unos grandes pechos que yo envidiaba.

Un día, después de salir de la casa, me di cuenta que había dejado olvidado mi maletín allí. Volví y, al ir a llamar al timbre, vi que la puerta no estaba cerrada. Oí jadeos en el cuarto del matrimonio y la curiosidad me llevó a asomarme a la puerta entornada.

Allí estaba Doña Cristina, quien sólo llevaba puesto un picardías negro, corto y transparente, que dejaba ver claramente sus enormes pezones. Se acariciaba entre los muslos, se restregaba el coño y se apretaba las tetas, ante la mirada lujuriosa del viejo.

La escena me estaba poniendo muy caliente, así que yo también me metí la mano dentro de mis braguitas para hurgarme en el coño, mientras veía cómo Doña Cristina se disponía a chupársela a su marido. Su cabeza subía y bajaba repetidamente entre las piernas de Don Pablo, quien la agarraba por el cuello. A la vez, ella no paraba de frotarse el clítoris. Yo ya estaba tan húmeda que me metí dos dedos en mi vagina sin ninguna dificultad y comencé a moverlos dentro con rapidez. Los movimientos de Doña Cristina también se aceleraron. De repente, se sacó el inflado cipote de Don Pablo de la boca y empezó a gritar por el orgasmo que invadía su cuerpo. Sujetaba la verga del viejo con una mano, mientras que con la otra untaba su culo y su coño con el líquido que brotaba de él. Inmediatamente, siguió haciéndole una paja a su marido con la mano. Sus dedos, con unas largas uñas pintadas de rojo, rodeaban el pene. Ella movía la mano a gran velocidad a lo largo de la humectante polla, lo que hacía un ruido que me puso al límite. Moví mis dedos frenéticamente dentro de mi vagina y empecé a correrme. Mordía mis labios para evitar gritar y que me descubrieran. Fue entonces cuando el que gritó con fuerza fue Don Pablo. Gracias a ello, mis gemidos de placer no me delataron. En cuanto terminé de correrme, me subí las bragas, recogí el maletín de la cocina y salí a toda prisa de la casa.

Cuando llegué a la clínica, aún me sentía muy cachonda. Y eso era lo que me faltaba, ya que allí trabajaba con un médico joven que me atraía muchísimo. Ese día tenía más ganas que nunca de tirármelo allí mismo.

No obstante, ya estaba más o menos acostumbrada a disimular mi excitación sexual frente a él. Desde que el doctor Javier se unió al equipo médico de la clínica, mis deseos lujuriosos con él apenas me dejaban concentrarme en el trabajo.

Desafortunadamente, Javier no me hacía mucho caso. Y, no era porque yo no fuese guapa ni estuviese buena. Una rubia de ojos azules claros como yo no pasa desapercibida en ningún sitio. Además, siempre me gusta ir algo provocativa. En la consulta, suelo llevar una batita blanca corta, de forma que cuando me agacho para atender a algún paciente en la cama u otra cosa, se pueden ver las ligas que sujetan mis medias blancas con encaje. En realidad, me produce mucho morbo el pensar que alguien me esté observando. Aunque no tengo unas tetas voluminosas como las de Doña Cristina, mi cuerpo es atlético y mi culo, prieto y respingón, es el deleite de todos mis amantes. Tanto les gusta mi culito a los chicos que la mayoría de los que conozco  han intentado penetrarlo. Pero, por miedo a que me hicieran daño, todavía no le he dejado a nadie. Y follo tan bien con mi coño y mi boca que tampoco a ninguno le ha importado el veto.

Javier no parecía hablar mucho con ninguna de las enfermeras, y todas éramos jovencitas y algunas muy guapas. Entre nosotras bromeábamos sobre si era gay, aunque en el fondo ninguna lo creía. Además, yo sabía que no con certeza, porque durante algún tiempo tuvo una novia y en varias ocasiones les veía besándose y metiéndose mano sin ninguna vergüenza cerca de la clínica. Luego, entraba a trabajar con el paquete casi rebentándole el pantalón. Era imposible que no  disfrutara de ese pedazo de cipote metiéndoselo hasta el fondo a una tía.

Pero, el trabajo es el trabajo y dicen que no es bueno mezclarlo con el placer. ¡Qué gran equivocación!.

Como de costumbre ayer fui a casa de Don Pablo y Doña Cristina a cumplir mi trabajo. Al bajarle al hombre los calzoncillos, descubrí varios moratones en las piernas y las nalgas. Teniendo en cuenta su delicada enfermedad circulatoria, me alerté un poco. Así que le dije a la mujer que iba a comentárselo al doctor y que esta tarde vendría con él para examinarle.

Javier me dijo que había hecho muy bien en avisarle sobre lo que le pasaba a Don Pablo y estuvo totalmente de acuerdo en que era necesario visitar al matrimonio.

Ese día comimos los dos juntos para ir inmediatamente después a la casa. Durante la comida, utilicé mi persuasión femenina y averigüé por qué Javier era tan tímido con las mujeres. Parece ser que su madre le pilló a los 13 años masturbándose y le avergonzó delante de sus hermanas. Desde entonces, a pesar de que las mujeres le volvían loco, no podía evitar sentir algo de temor cuando expresaba su excitación sexual frente a ellas. Me dio tanta pena que le prometí ayudarle en la medida que me fuera posible con su problema en relacionarse con las chicas. Le sugerí que este fin de semana quedara conmigo y algunos amigas para salir a bailar. Aceptó animado.

Nada más comer, ambos cogimos el autobús y en 20 minutos estábamos en casa del matrimonio. Nos abrió Doña Cristina. Aquella tarde estaba especialmente sugerente. Nunca la había visto vestida de calle, porque por las mañanas me recibía con un elegante salto de cama. El vestido rojo que llevaba le sentaba realmente bien. Sus pechos se apretujaban en el escote, pareciendo que iban a salirse en cualquier momento. Mientras nos guiaba hasta la habitación, me di cuenta de que no llevaba medias y lucía unas bonitas piernas morenas. Los zapatos eran rojos y, claro está, de tacón muy alto, como era su fetiche.

Entramos los tres en el amplio cuarto de Don Pablo. La esposa cerró la puerta. El doctor le tomó la tensión al hombre y la notó bastante alta. Entonces, Javier empezó a hacerle preguntas a Doña Cristina sobre síntomas que ella podría haber notado en su marido. Al empezar ambos a hablar, Don Pablo cerró los ojos como adormilado. En ese momento, la mujer agarró a Javier y le besó penetrando violentamente sus labios con su lengua. Yo me quedé alucinada, pero, considerando el problema de Javier, decidí no intervenir, ya que tal vez Doña Cristina, más experimentada, supiera quitarle su timidez.

Al principio, Javier se separó algo asustado de la mujer y miró rápidamente a la cama, temeroso de que el marido lo hubiera visto. Don Pablo seguía con los ojos cerrados. Doña Cristina le cogió la cabeza y quiso apretarla contra su escote. Resistiéndose, Javier puso sus manos sobre las enormes tetas. Al sentir sus duros pezones, el pene de Javier creció dentro de sus pantalones en un segundo. Empecé a notar cómo mi piel se ponía caliente y mis bragas se mojaban.

Javier parecía haber superado ya su miedo, puesto que amasaba las tetas de la mujer con gusto. Doña Cristina no aguantó más y se quitó el vestido. Debajo llevaba puesto un ceñido body de cuero negro, que alzaba sus tetas, pero sin cubrirlas, e igualmente por abajo, el triángulo era tan minúsculo que escasamente tapaba su raja y dejaba al descubierto sus nalgas. Desabrochó el cinturón a Javier, le abrió los botones de la bragueta y el pantalón cayó hacia abajo. La erección de Javier impedía que se cayeran del todo, así que yo misma me acerqué y se los bajé. Doña Cristina le sacó la polla del slip y empezó a tocársela, jugando también con sus huevos. El doctor se abalanzó sobre las descomunales tetas y empezó a lamerle y mordisquearle los oscuros pezones.

Doña Cristina me miró y me dijo en voz baja que yo también me desnudara. Desvié la mirada hacia la cama para comprobar si Don Pablo seguía durmiendo y cual fue mi sorpresa al descubrir que él estaba contemplando la escena. Me desabroché despacio la bata blanca. Pronto dejé al aire mis tetas, ya que no me había puesto sujetador. Únicamente llevaba un tanga blanco de encaje, a juego con el liguero, que sujetaba mis sexis medias blancas. Vi cómo Don Pablo empezaba a masturbarse por debajo de las sábanas.

Su mujer ordenó a Javier que se pusiera a cuatro patas y él obedeció sumiso. Ella apoyó su zapato en el culo del chico y le metió el tacón por el agujero. Él dio un pequeño grito, pero su cipote creció más aún. Doña Cristina abrió el armario de espejos y sacó de él una fusta. La punta terminaba en un rectángulo de cuero grueso, con el que empezó a frotar entre los cojones y la raja del culo de Javier. Su cada vez más empinada verga indicaba que le gustaba. Doña Cristina le dio la vuelta a la fusta y comenzó a chupar su mango de piel. Una vez bien húmedecido, se lo metió lentamente por el culo al médico. Entonces, ella me dijo que, ahora que lo tenía dominado, me aprovechara de él.

Sin dudarlo, me tumbé bajo él e hice lo que siempre había soñado: probar su inmensa picha de más de 20 cms. Me la metí en la boca hasta que su hinchado glande encajó en mi garganta. Lamí cada centímetro de esa deseada polla y lamí sus gordos testículos. Doña Cristina sacó despacio el mango de la fusta del culo de Javier, quien volvió a gemir. Se agachó, puso sus manos sobre las duras nalgas del hombre, hincó sus uñas en la carne pero sin hacerle daño, y le abrió todo lo que pudo el culo para lamérselo. La lengua de Doña Cristina contra el agujero de su culo y la mía golpeando su glande le llevaron al clímax. Descargó toda su leche sobre mi cara y mis pechos. No paré de lamerle para limpiarle las gotas que se habían quedado en la punta de su picha. Él, agradecido, bajó su cara hacia mi coño, apartó mi pequeño tanga con los dientes, metió su nariz en mi pelusita rubia y empezó a acariciarme la vulva con su lengua. No tardó mucho en llevarme al orgasmo. Levanté mi pelvis para que no soltara mi clítoris mientras me corría. Mis jugos resbalaban entre mi culo.

Como al correrme había dejado desatendida la polla de Javier, que empezaba a perder vigor, Doña Cristina se apresuró a relevarme y se la metió hasta la garganta. Sus lametones restablecieron la rigidez del pene en seguida. El médico, cansado de la postura, se puso de pie y levantó a Doña Cristina con él. Yo aún permanecía en el suelo, acariciándome el chocho húmedo. Él le quito el tanga, que se unía al body con unos corchetes, dejándola ahora sólo con el corpiño que levantaba las voluminosas tetas. El inflado clítoris de Doña Cristina sobresalía por sus gruesos labios, y se veía perfectamente porque sólo tenía una estrecha tira de pelo negro en el pubis. La puso de espaldas contra la pared, sacando el culo y con las piernas bien abiertas, y le introdujo el cipote en el chocho afeitado. A mí también me apetecía que me rompiera el coño, así que me incorporé, me quité el tanga y coloqué mi culo al lado del de Doña Cristina. Al ver mi redondo trasero adornado con el encaje del liguero, Javier cambió de pareja y metió su dura verga hasta el fondo de mi útero. Alternativamente nos fue follando a las dos. Primero fue Doña Cristina la que se corrió y luego, Javier y yo tuvimos juntos nuestros respectivos segundos orgasmos.

Entre tanto, Don Pablo se la cascaba con frenesí. El médico no se dio cuenta hasta entonces de que nuestro paciente estaba siendo un mirón, y eso no le agradó. Se subió los pantalones y le dio las gracias a Doña Cristina por un rato tan agradable. Finalmente, se despidió de mí, recordándome que ya nos veríamos el fin de semana en la cita con mis amigas.

Yo también iba a vestirme para irme, pero Doña Cristina me pidió que me quedara un poco más. Sin Javier me pareció que ya no iba a ser tan divertido, sin embargo, ella me convenció de que me iba a enseñar una cosa que me iba a encantar, dirigiéndose hacia el armario. Yo no podía decir que no, sobre todo sabiendo los utensilios de placer que ella guardaba allí.

Sacó una polla postiza no muy ancha, aunque sí bastante larga. Pegado al consolador había como otro pene más pequeño. Doña Cristina se puso el arnés con las pollas de plástico y colocó la pequeña en su vagina. Abrió un cajón del armario y cogió un pañuelo de seda negro bastante largo. Por último, sacó del armario un bote de vaselina y me ordenó que me diera la vuelta. Yo estaba algo asustada, pero a la vez quería experimentar lo que ella se traía entre manos. Doña Cristina acarició mi culo; era la primera vez que una mujer me acariciaba así. Se agachó y metió su lengua en él. Aquello me gustaba con locura. Seguidamente empezó a lamerme el coño. Era increíble lo bien que sabía comerme aquella mujer. En seguida consiguió que volviera a correrme.

Tras la intensa corrida me tiré a la cama, momento en el que Don Pablo aprovechó para masajearme por donde podía. La esposa me levantó agarrándome de las muñecas y con el pañuelo me ató a la cabecera de la cama. Me untó el agujero del culo con vaselina y me metió su larga uña por él. Al sentir la estrechez de mi culito, me preguntó si alguna vez lo había hecho por ahí. Yo le dije que no con la voz temblorosa. Ella me tranquilizó asegurándome que si me relajaba iba a disfrutar como nunca. Yo tenía mucha confianza en ella, por lo que le dejé hacer. Untó también de vaselina la polla que se había puesto. A continuación, la restregó contra mi vulva y después contra mi culo. Con suavidad, introdujo la punta de la picha en mi palpitante agujero trasero, para seguir metiéndome más cipote despacio. Me dolió y grité. Doña Cristina me calmó frotando mi clítoris con sus dedos. Sin parar de tocar mi coño, siguió metiendo poco a poco el largo consolador. Ya no me dolía, sino que estaba sintiendo un extraño placer que me hacía temblar y sudar. Mi vagina chorreaba líquido caliente entre mis piernas. Mi amiga me metió un dedo en ella y lo sacó empapado de flujo. La maciza polla ya estaba enteramente dentro de mi estrecho culo. Entonces, Doña Cristina comenzó a meterla y sacarla, al principio despacio y luego cada vez con más energía.

Notaba que Doña Cristina me follaba el culo cada vez más fuerte, seguramente porque, de esta forma, la pequeña picha que tenía insertada en su vagina profundizaba más en ella. Así, de repente, la mujer se agarró fuertemente al liguero de mi cintura y empezó a correrse. Con las convulsiones de su orgasmo, la polla penetraba con más fuerza en mi culo, lo que me llevó al final a mi cuarto orgasmo.

La polla de Don Pablo también explotó al vernos a las dos corriéndonos. Su semen salpicó por toda la cama, alcanzado incluso mi larga cabellera rubia.

Doña Cristina me liberó de mis ataduras y los tres nos tendimos en la cama, acariciándonos entre nosotros durante un momento. Cuando recuperé mis fuerzas, besé a la mujer en los labios y le dije que no se preocupara de nada, ya que estaba claro que su marido no tenía nada grave. Doña Cristina me besó otra vez, pero metiéndome la lengua para encontrarse con la mía, y me dio las gracias por todo. Me puse el tanga y la bata, me despedí del matrimonio y me fui a mi casa. Era Viernes y me merecía un descanso.

Este fin de semana estoy muy excitada por mi cita con el doctor. Ahora que me han desvirgado por atrás, no le prohibiré mi culito si él me lo pide.

La Pulga

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