El tren del placer
 por The Jack Frost
Las cosas llegan cuando menos te lo esperas. A esa conclusión puedo llegar. Me llamo Oscar y tengo 24 años, soy rubio, de ojos verdes pecoso y bastante alto, 1´86. Tras un año de universidad agotante al extremo decidí pasar dos semanas de mis vacaciones en un cámping de Astrid, cerca de Burdeos. Me interesaba la idea de pasar unos días completamente sólo, conocer nuevos lugares, nuevas gentes y, sobre todo, no tener que dar explicación de mis actos a nadie, ser libre por algún tiempo. Así que cogí el tren en la estación de Valladolid donde mi familia(mi padre Jack, mi hermana Marta, mi abuela Afrika... toda la familia vaya) me fue a despedir y puse rumbo a Astrid. Subí al tren tambaleante por el traqueteo constante y su particular música(trac,ta, catrac...)buscando mi compartimento el cual tardé en encontrar.

Hasta la primera parada, en Villa del Rey, todo fue muy aburrido. Cogí el jueves y lo ojeé un poco para no aburrirme. En esa parada llegó una morena muy guapa(y cuya ropa no dejaba nada para la imaginación) y estuvimos hablando mientras ambos nos devorábamos con los ojos. Pero en Quintanilla se bajó y me quedé sólo. Otra vez. Con la única compañía del aburrimiento.

Ya por la noche, salí al pasillo a estirar un poco las piernas. Acababa de cenar el bocata que me hizo mi hermana Marta y me apoye para mirar a través de la ventanilla el paisaje nocturno que pasaba a galopadas frente a mí.

Giré mi cabeza tras oír un ruido y me quedé de piedra ante lo que ví. Mi entrepierna empezó a dar señales de vida.

Allí se encontraba una morena que, según descubrí después, se llamaba Nines. Mi mirada se clavó en ella, completamente ciego de ella. Belleza sobre belleza. Era mi belleza más anhelada. Era un sueño de verano.

Más vulgarmente diría que era una tía que estaba muy buena. Estaba saliendo del baño ajustándose su minifalda sobre la cintura destacando así el piercing del ombligo algo que me excitó aun más que sus bellos y turgentes pechos, sus labios gruesos o su cara pecosa en infantil.

Noté un intensísimo calor en mi entrepierna. La noté empujando contra mi pantalón, el deseo de salir y juntarse al cuerpo de aquella ninfa del olimpo.

Estaba allí parado, con la boca abierta(y babeando en sentido figurado), devorándola con los ojos(lamentó que esto no parezca cortés y sí machista pero cuento las cosas tal como sucedieron) y con una más que clara erección. Antes de que pudiera empezar a disimular, Nines se dio la vuelta, me vio y se dirigió hacia mí, con una sonrisa en sus labios(lo que bien valía otra erección) y bamboleando exageradamente su trasero. Al parecer, se había dado cuenta de mis miradas.

De nuevo no pude moverme hasta que ella me dijo:

- Perdona, chaval, ¿tienes fuego?

Qué voz, qué pechos, los mejores que había visto en mi vida y os puedo asegurar que en aquel entonces había visto más de quince. Y su voz, podría provocar orgasmos con esa voz, sólo con la voz.

Conseguí encontrar el mechero y lidié para poder sacarlo. Era tal mi erección que se me hacía difícil. Se me cayó al suelo e inmediatamente me agaché para recogerlo. Mientras me levantaba pude observar el cuerpo de Nines más cerca que nunca. ¡Qué pechos tan grandes y perfectos! Aún más que los de Latencia Casta.

Ella sacó un Pall Mall y yo la di fuego cortésmente pero buscando algún sitio que me ofreciese una visión aún mejor de la diosa que tenía delante. Ella dió una calada y en un segundo, tras haberme dado las gracias y mirándome pícaramente, desapareció en su camarote.

Me quedé estúpidamente en el pasillo mecido por el constante traqueteo del tren. Pensaba que podía hacer. ¿Iba a su camarote a decirla algo o me iba al mío a masturbarme como jamás había hecho? Me decidí por lo primero. No perdía nada por intentar conocer a esa chica y, ¿para qué negarlo?, intentar ligar con ella e intentar cumplir alguna de esas fantasías de las cartas falsas del Penthouse.

Me acerque a su camarote y pude comprobar que la puerta estaba entreabierta. Ella fumaba mientras miraba el paisaje con ojos divertidos. Tomé aire y entre. El volverla a ver, así de "desprotegida" volvió a reanimar mi intensa erección.

Al verme entrar, me miró con simpatía y una sonrisa en los labios.

-Hola, chaval. ¿Qué tal? ¿Quieres un cigarrillo?

Yo quería otra cosa, no obstante, acepté.

Me senté en la litera de enfrente procurando ser disimulado en mis miradas excitadas algo que creo no hice muy bien.

- Me llamo Nines, ¿y tú?

- Yo me llamo Oscar.- respondí balbuceante.- ¿Adónde vas?

- A París con una amiga que vive allí; a pasar unos días, ¿ y tú?

- Voy a un cámping para pasar unos días sin vacaciones, ya sabes.

Hacía dos cosas a la vez y por tanto, ninguna me salía bien. Por una parte hablaba con ella de cualquier cosa y por otra parte, me daba cuenta que no tenía sujetador, que esos pechos enormes no eran relleno, el cómo sus pezones se revelaban bajo la ligera tela, coronando aquellas dos suculentas montañas... Yo intentaba por todos los medios disimular mis miradas. Ella no parecía darse cuenta o eso fingía al menos.

De improviso se levantó provocando un movimiento de sus pechos que me dejo más alelado aun si cabe. Se dió la vuelta y empezó a hurgar en el estante, buscando algo dentro de su mochila, una mochila rosa de Walker Faunty. Su culo se quedó a mi altura y el vagón empezó a dar vueltas a mí alrededor. El calor que sentía por todo el cuerpo era tal que parecía que con tocar cualquier cosa, la fundiría.

Finalmente bajó la mochila y sacó dos bocadillos envueltos en papel albal.

-Toma uno. Por el fuego.- me dijo.

Lo cogí sin saber por qué puesto que no era de pan y chorizo de lo que tenía hambre. Reconozco que en ese momento parecía un salido pero es que esa mujer, Nines, realmente me enajenaba. Empezamos a comer los bocadillos.

Cuando terminamos, se sacudió las migas lo que  me volvió a dejar alelado una vez más. Ella sonrió.

- ¿Tanto te gusto?-me preguntó.- No me has quitado la vista ni un segundo.

¿Lo sabía desde el principio? ¡Qué tonto había sido!

- Me gustas mucho, sí. Ya sé que no te conozco y todo eso pero...

- Bah, eso da igual.

En un segundo su camiseta desapareció. Sus pechos eran turgentes deseos de lujuria. Se me hizo la boca agua.

Sus pezones remataban las mejores tetas que había visto en mi vida. Me lancé sobre ellas sin pensar y empecé a chuparlas y morderlas con frenesí. Ella gimió mientras su mano se deslizaba por dentro de mi pantalón.

Nos acariciamos, nos besamos, la penetre varias veces y ya avanzada la noche, después de terminar, cuando dormía me fui a mi litera. En mi parada me bajé sin haberla visto de nuevo aunque sí podría haberlo hecho pero no quería profundizar más. Quería conservar el buen recuerdo, el mito y no estropearlo con alguna bobada.

(Le dedico este relato a mi amigo "Four Roses" y a "Chabra". Éste relato se basa más en la situación que lleva a la relación que la propia relación. Hay gente que a eso no le da mucha importancia y, si no les ha gustado, lo siento pero a mí sí.)
 

por The Jack Frost
 

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