Callejón oscuro
 por Discoleta
Tuvo la sensación de estar metiéndose en la boca del lobo. Ese extraño de dulces palabras e insinuantes frases, podría ser uno de tantos descerebrados que usan los chats de la red con fines sexuales, pero en el fondo era lo que ella misma estaba haciendo. Al tiempo que hacía estas y otras reflexiones, notaba un cosquilleo desde los tobillos hasta el abdomen, sentía el impulso de teclear “¿por qué no tomamos una copa juntos esta misma noche?”, o mejor aún “¿te gustaría que nos conociéramos?”.

Qué locura. Sentía que era una locura absoluta, pero también sentía una irresistible atracción hacia esas palabras que la envolvían, imaginando que las pronunciaba una voz masculina, grave y profunda. “¿Por qué no me das tu teléfono?. Me encantaría oír tu voz”, tecleó él finalmente en la pantalla, como si pudiera leer su pensamiento. Titubeó. Se quedó inmóvil durante unos segundos y, finalmente, lo escribió muy lentamente, pensando si estaba haciendo o no lo correcto. Cuando había escrito los nueve números y comprobado que estaban correctos, pulsó intro antes de volver a pensarlo. “Gracias. ¿Puedo llamarte ahora?”, escribió él en la pantalla. “No, ahora no, estoy trabajando. Llámame esta tarde, o mejor aún, dame el tuyo y yo te llamo” respondió ella. “No debo darte mi teléfono”, dijo él. Ella no supo qué responder a eso y se quedó un poco fría, sin embargo la conversación a través de la pantalla continuó, subiendo cada vez más el tono. El cosquilleo se convertía en acaloramiento y subía por el pecho hasta la cabeza, de modo que notaba el pulso acelerarse, el rubor de sus mejillas, como si ese ente al otro lado de su ordenador pudiera observarla.

Pensaba en que ésta podría ser una fantasía hecha realidad, pero también pensaba en el peligro que podía suponer un encuentro furtivo con un completo desconocido, y sin embargo, eso la excitaba aún más.

Cuando llegó la hora de salir de la oficina, se despidió de él citándole para el día siguiente a media mañana, en la misma sala de chat, desechando mentalmente toda idea de tener una cita con él e implorándole que no la llamara.

Al llegar a casa se propuso no pensar más en él. Los niños dormían la siesta y la canguro se marchó. Se tumbó sobre la cama semidesnuda, intentando dejar de recrearse en sus palabras, tratando de no imaginarle más, sintiendo calor en sus muslos y un irrefrenable deseo de acariciarse, sin embargo consiguió apaciguarlo con el cansancio y dormitó bocabajo durante unos minutos.

Cuando se despertó, se vistió y llevó a los niños al parque. Hacía mucho calor y, sentada sobre un banco, miraba su teléfono móvil esperando la llamada que le había pedido insistentemente no se produjese. “Mejor no me llames” le había dicho. “¿Por qué? ¿No te apetece que hablemos?”, “Sí, pero… no, mejor no. Tengo que estar con mis hijos. Ya te avisaré cuando podamos hablar”.

Una hora más tarde sonó el teléfono: “NUMERO DESCONOCIDO” “Es él”, pensó mientras el corazón le daba un vuelco. “¿Si?” respondió. “Tengo que verte hoy, tengo que conocerte”. Su voz era grave, profunda y suave, tal y como la había imaginado. “No puedo…”. “Dime donde estás. Iré allí aunque sólo sea para verte. ¿Qué llevas puesto?”. Sus palabras la acariciaban, la envolvían y la sacudían. “Estoy en el parque con los niños. No puedo…”. “Sé que podemos vernos. Volveré a llamarte, hasta que me digas que sí”. Colgó. ¿Cómo se las ingeniaría?. Era definitivo: iba a tener un encuentro con el fascinante desconocido del chat.

A lo largo de la tarde recibió algunas llamadas más, en las que le detalló el lugar donde estaba, la ropa que llevaba, lo excitadísima que se encontraba… Llegó a casa y bañó a los niños. Les dio la cena y los acostó, esperando impaciente a que llegase su marido. Silenció el móvil, advirtiendo antes al misterioso hombre de los pormenores en caso de que no contestase al teléfono. Cuando llegó su marido, le dio un tierno beso en la boca y se restregó contra él. “Ahí tienes la cena, mi amor. El postre te lo serviré en el dormitorio”, dijo con excesiva dulzura para que él no sospechara, aún a sabiendas de que resultaba muy poco natural cuando se ponía tan melosa. “Pero antes voy a salir un momento, tengo que echar gasolina al coche que está en reserva, y mañana saldré demasiado temprano como para que hayan abierto la gasolinera”. Rápidamente se dio cuenta de que estaba dando demasiadas explicaciones. “Vuelvo en seguida”. Y salió de casa, móvil en mano, hacia el coche, sin saber muy bien a dónde dirigirse y esperando que el teléfono sonara cuanto antes para no perder ni un minuto.

El teléfono sonó. El misterioso hombre le indicó el lugar exacto donde se encontraba y le dio una breve descripción de su atuendo para poder reconocerle sin problemas. Ella se dirigió hacia allí, temblando como una adolescente, con el pulso notablemente acelerado y en estado de máxima excitación. Durante el trayecto recapituló mentalmente el episodio y sintió miedo, ganas de echarse atrás, de salir corriendo y volver a la seguridad de su hogar, pero el ardor que sentía era superior al miedo.

Aparcó el coche y salió de él, buscando desesperada al sujeto que encajara con la descripción que él mismo le había dado. Miró hacia todas partes hasta que distinguió una figura masculina entre las sombras de la calle. Avanzó hacia él hasta que pudo ver su rostro sonriente, cómplice, como diciendo: “Sí, soy yo”. Se dirigió hacia él como impulsada por una extraña fuerza y cuando estuvieron frente a frente sólo pudo decir “Hola” y él se abalanzó sobre ella abrazándola y besándola en la boca, buscando la lengua con la suya, con una pasión incontenible, frotándose, sintiendo cómo sus sexos se restregaban excitados.

Sin dejar esta fricción, se metieron entre dos coches aparcados en batería. Ella con la espalda apoyada sobre uno. Él echado sobre su cuerpo, abarcándola entera con sus brazos y las manos en su culo, presionándola de tal modo que, aunque hubiera querido, le habría resultado imposible zafarse. Poco a poco fue notando cómo crecía la polla que se frotaba contra su pubis con fuerza, mientras las ávidas manos del extraño se colaban por dentro de su pantalón y su tanga acariciando, agarrando, pellizcando y sobando su culo, hasta llegar a su mojado coño. Él ahora la besaba el cuello y el pecho, ahora mordisqueaba los pezones por encima de la camiseta, ahora lamía sus lóbulos y volvía a besar su boca inflamado de deseo, mientras continuaba con  las maniobras digitales y ella se retorcía voluptuosamente.

Completamente ciega de excitación, buscó con su mano el bulto que llevaba un buen rato frotándose contra su coño, lo agarró por encima del pantalón y sintió deseos de arrodillarse allí mismo a devorarlo. Sin embargo, el poco pudor que aún le quedaba le impidió hacerlo in situ y le sugirió meterse en su coche. Agarrándole de la mano y con la ropa aún descompuesta, tiró de él hacia donde estaba aparcado. Una vez dentro, él le bajó el pantalón hasta las rodillas y tiró del negro y húmedo tanga para tener al alcance de sus dedos y su vista el coño. Ella arrancó el coche y salió hacia ningún lugar, esperando encontrar dónde aplacar la estupenda erección de la que disfrutaba con una mano mojada de saliva, mientras con la otra dirigía el volante. En el primer semáforo se lanzó sobre la durísima polla, metiéndosela en la boca con voracidad, al tiempo que él lanzaba un gemido de placer. El semáforo se puso en verde y siguieron hasta el primer callejón que encontraron, donde sólo una farola, a unos metros de allí, iluminaba lo justo para poder distinguir sus siluetas. Aparcó el coche en el primer hueco que encontró y se puso a cuatro patas sobre el asiento del conductor para volver a abalanzarse sobre su rabo, deleitándose ahora con la lengua en su capullo, lamiéndolo de arriba a abajo, rodeando su glande, engullendo poco a poco la polla hasta tenerla por completo dentro de la boca y succionándola con avidez. Mientras, él sujetaba con una mano su cabeza atrayéndola aún más contra su rabo y con la otra le metía dos dedos en el culo, moviéndolos dentro al ritmo de las embestidas de su boca. Ella continuó con la mamada, mientras se ayudaba con la mano menándosela, alternando lengua, boca y dedos, o acometiendo con todo a la vez. Él la masturbaba frenéticamente, frotando su hinchadísimo clítoris, introduciendo los dedos en su coño y luego chupándoselos, saboreando así el sabor de su almeja.

Con el delirante y cadencioso movimiento de sus labios y manos, el hombre se corrió lanzando enormes chorros de semen contra ella, contra su cara y su boca, goteando por la comisura de los sensuales labios y manchándose el pantalón, mientras seguía pellizcando su clítoris.

Ella se recompuso. “Tengo que irme ya”. “Pero… ¿vas a quedarte así?”, preguntó él sabiendo que ella estaba todavía muy caliente. “No te preocupes”, contestó “mi marido se encargará de terminarlo”. Y con un último beso con sabor a semen, se despidieron sabiendo que jamás volverían a verse.
 
 

por Discoleta
 

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